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“Un espíritu constructivo y dialogante es esencial para recrear y reanimar las propias visiones con las de los otros, sin defender, oponer u ocultar nuestros vacíos (hay que horadar el pensamiento, para aprender desaprendiendo)”

(Vélez, 2003, p. 38)

“También ser trabajador/a social es estar ahí, donde se entrecruza lo micro social, lo singular, lo territorial con los condicionantes y características de lo macro social.”

(Carballeda, 2015, p. 3)

Análoga al constante movimiento y evolución de la sociedad y sus individuos es la dinámica del Trabajo Social, lo que nos lleva a la necesidad de pensar, replantear, y actualizar nuestras prácticas sociales, bases teóricas, instrumentos, etc.

Desde mi experiencia, se empieza a conocer esta dinamicidad del Trabajo Social en la etapa de trans-formación[1] en pregrado –sobre todo a partir de las prácticas pre profesionales-, siendo aun mayor este conocimiento en el ejercicio profesional. En este sentido, considero que es muy relevante pensar permanentemente el Trabajo Social, porque tal y como planteó Kisnerman (1998, p. 244), permite madurar en sus prácticas, reflexionar su realidad, tratando de llegar a la comprensión y ubicación crítica del contexto en que ellas se dan.

De acuerdo a la definición que da Carballeda (2016, p. 4), el Trabajo Social es una disciplina del campo de las Ciencias Sociales y como tal, utiliza aportes teóricos de estas y aporta desde diferentes modalidades a la construcción de conocimiento en ellas; por un lado desde la investigación de las temáticas que aborda, y por otro lado, a partir de la investigación acerca de sus procedimientos de intervención social y también desde el desarrollo de la intervención disciplinar, la cual se apoya esencialmente en principios vinculados con los Derechos Humanos y la Justicia Social.

Asimismo, el autor afirma que el Trabajo Social interviene muy ligado a la vida cotidiana, donde las personas interactúan con su contexto micro social, y construyen significados y formas de comprensión y explicación acerca de lo que está ocurriendo con ellas; por su parte Kisnerman (1998, p. 17) asevera que al actuar los/as trabajadores/as sociales en y con lo cotidiano y las subjetividades e intersubjetividades de las personas, la división entre el discurso científico y la narrativa que fluye del saber del pueblo pierde nitidez ante lo existente; las personas con las que trabajamos son el recurso más valioso con que podemos contar, y es una caja de constantes sorpresas y resonancias.

Vélez (2003, p. 36), a partir de su estudio de las perspectivas y tendencias contemporáneas en Trabajo Social, sugiere que los supuestos pre-semióticos del representativismo[2] presentes en las teorías sociales tradicionales se replanteen; propone además que el análisis de las prácticas cotidianas, que antes fueron rechazadas debido al carácter restrictivo de su representación, ocupa hoy un lugar central. Consecuentemente, es importante que las Ciencias Sociales y el Trabajo Social coloquen su atención en los sentidos cambiantes de las prácticas sociales y las asuman como prácticas significantes, aquellas que organizan y construyen relaciones que los sujetos sociales resignifican como portadores, creadores o intérpretes de significado a partir de las cotidianidades.

Reconociendo la relevancia de nutrirnos de las Ciencias Sociales desde paradigmas y matrices metodológicas con las que más nos identificamos en nuestra praxis profesional, y a partir de las afirmaciones de Carballeda (2016), Kisnerman (1998), y Vélez (2003) en los párrafos anteriores, decido analizar lo social desde los postulados de la sociología del invididuo, y de este modo tener un abordaje de lo social a escala del individuo.

Para la aproximación a los procesos de individuación en los que se encuentra la concepción de “escala del individuo” me baso en la mencionada postura sociológica desde la perspectiva de Danillo Martuccelli[3], con especial énfasis en su abordaje del rol social.

Martuccelli (2010, p.5) plantea que los procesos de individuación tratan de una descripción que responde a la manera en que la sociedad estructuralmente “fabrica” individuos. Al describir el trabajo de la sociedad sobre ella misma a través de la forja de los individuos no se está partiendo únicamente del individuo para ir hacia lo macro, que fue una de las características del interaccionismo simbólico considerada a su vez como parte de sus limitaciones. Desde esta perspectiva, la idea de sociedad, que le da un peso central al Estado-nación y a las instituciones, empezó con la analogía biológica del cuerpo y luego con la analogía sistémica; la sociedad es una interdependencia de sistemas sociales, cada uno de ellos cumpliendo una función específica en el marco de una totalidad. El autor menciona la importancia de esta perspectiva de análisis para la sociología -y a su vez para las Ciencias Sociales- porque permite describir los fenómenos colectivos a escala de la experiencia individual recreando una conversación con el público, los actores, los individuos, y de este modo no encapsularse en un lenguaje sociológico que pierde toda capacidad de comunicación con las individualidades en la sociedad; sugiere que se debe construir un lenguaje de comunicación más centrado en las experiencias individuales, sin perder de vista a la estructura social.

Se profundiza en las experiencias individuales y de este modo singularizar nuestras interpretaciones. Esto contribuiría a no caer en un desmembramiento del análisis social entre una teoría general que desconoce experiencias subjetivas y una experiencia subjetiva que cae en lo anecdótico, en lo insignificante. Es decir, desde esta perspectiva se trata de mostrar cómo las experiencias subjetivas se explican a través de procesos estructurales, poniendo en relación a estos procesos con experiencias personales.

Martuccelli (2012) señala que:

“Dadas las transformaciones que ha habido en la sociedad moderna, la sociología tenía que responder a una nueva sensibilidad de los actores sociales, que intentan o buscan comprender los grandes cambios de su época a partir de experiencias personales”[4]

En esta etapa de la modernidad, llamada por Beck (2002) la segunda modernidad es necesario profundizar las tensiones en los procesos de constitución de las subjetividades.[5]

Estas profundas transformaciones exigen a las Ciencias Sociales contemporáneas un cambio de mirada. Si bien las concepciones clásicas de lo social siguen teniendo un lugar importante, cada vez más investigaciones en dicho campo se centran en los individuos, sus experiencias, reflexividades y construcciones identitarias (Bourdieu, 1993/1999; Dubet y Martuccelli, 1998/2000; Giddens, 1984/2003) citados por Di Leo, et. al. (2013).

Con la singularización de las trayectorias individuales como corolario, el proceso de individuación pone en jaque las herramientas con que tradicionalmente la sociología ha intentado -y sigue intentando- hacer inteligibles las acciones y experiencias de los individuos en función de su posición social (Araujo y Martuccelli, 2010, p. 80) citados por Di Leo, et. al. (2013, p. 133).

Por ello, los estudios en Ciencias Sociales, y en forma particular de Trabajo Social tienen que ser creativos al momento de encontrar nuevas herramientas metodológicas, en clave de esta perspectiva.

De acuerdo a Leclerc-Olive (2009) citado por Di Leo, et. al. (2013, p. 133), resulta indispensable encontrar nuevas formas de preguntarles a las personas acerca de sus experiencias y de sus modos de habitar el mundo en donde los ritmos y las secuencialidades no sean impuestos por quien realiza la investigación o la intervención social, sino que dejen abierta la posibilidad de que sean ellos mismos los que impongan sus nuevos modos de configurar las temporalidades. De este modo, los individuos desde sus individualidades podrán comunicar su situación, y junto con el/la investigador/a o responsable de la intervención abordará la complejidad de su realidad.

Particularmente, he intentado profundizar en la noción de rol social, una de las categorías de la sociología del individuo que plantea Martuccelli, para pensar la investigación e intervención en Trabajo Social a razón de la inquietud por problematizar la teoría de roles funcionalista, criticar las estructuras sociales que actualmente limitan mucho y en algunos casos impiden el ejercicio de autonomía e independencia de las personas, constituyendo los “roles impedidos”, por ejemplo; y finalmente, reafirmar la relevancia de promover la capacidad de agencia en los individuos a partir de sus biografías e individualidades. Los individuos, como actores sociales con conocimiento de la sociedad y los problemas sociales que están viviendo en ella tienen la capacidad de construir alternativas que potencien cambios en su entorno y mejoren su vida. Se trata de promover esa capacidad.

Martuccelli (2007, p. 119) señala que, de todas las nociones empleadas por la sociología para describir a los individuos, ninguna fue sin duda tan utilizada como la del “rol”, el cual establece un vínculo entre las estructuras sociales y el actor, y relaciona modelos de conductas a los diversos estatus o a las posiciones sociales, lo que garantiza la estabilidad y la previsibilidad de las interacciones. El rol señala el comportamiento esperado de cualquier otro en función del lugar que este ocupa en un sistema social dado; sin embargo, queda a disposición de cada actor una libertad más o menos grande, ya que cada uno tiene “su” manera de representar un rol, por lo que siempre habría una disparidad entre el modelo prescrito por un rol y la manera singular con la cual es efectuado. En este sentido, la individuación aparece primero como un corolario directo de la diferenciación social, y la noción de rol como su consecuencia inmediata.

Al pertenecer a una pluralidad de los círculos sociales, el individuo está sujeto al cumplimiento de un número creciente de tareas sociales. Ese proceso en su estructura histórica mínima a menudo fue presentado como el resultado del paso de una sociedad tradicional, que descansaba sobre la existencia de modelos culturales, si no únicos, por lo menos totalizantes y estables, a una sociedad moderna que reposa sobre una variedad de campos de acción regidos por orientaciones cada vez más autónomas. De este modo, una sociedad homogénea, poco diferenciada, insuficientemente racionalizada correspondía un individuo débilmente singularizado; y por otro lado, cuanto más compleja, altamente diferenciada y racionalizada llega a ser una sociedad en la que más se singulariza el individuo, y este a sí mismo al asumir distintos roles.

Asimismo, plantea que se descuidó la fuerza de la intuición presente en la noción de rol, la cual define una gramática específicamente sociológica del individuo, que insiste a la vez sobre la exigencia de la toma de roles en la sociedad y sobre las distancias que permite, y eso tanto desde un punto de vista individual como en función de la diversidad de las situaciones[6]; dentro de cada situación los roles sociales se declinan en tres niveles. Primero, tienen diferentes consistencias contextuales, variables según los campos y las coyunturas, que invitan a desligar algunos ideales tipo a fin de permitir el análisis de las situaciones reales. En segundo lugar, los roles, a pesar de sus semejanzas contextuales adquieren significados diversos según la naturaleza del grupo dentro del cual se desenvuelven. Y finalmente, la manera en la que los actores viven sus roles representa un verdadero carácter estilístico. Martuccelli asevera que el trabajo del individuo es real para cada uno de los niveles, pero en el último es donde este aparece como realmente central. (2007, p. 120)

Martuccelli (2006, p. 41) afirma que el rol establece una articulación particular entre un nivel “micro” y un nivel “macro”, lo que da cuenta de la articulación entre las estructuras y las experiencias más individuales. Los roles explican la fuerte tipificación de situaciones y experiencias que caracterizan de manera ordinaria la vida social. Para el autor este punto es fundamental ya que en las últimas décadas se ha abierto un debate -un tanto estéril a su punto de vista- por saber si, con el paso a la segunda modernidad, se ha transitado o no de una sociedad estructurada y organizada a una sociedad líquida o incierta. En contraste a la posibilidad de la generación de sociedad “líquida”, señala que en la actualidad las situaciones son altamente previsibles, y ello en mucho por el sistema de roles que cada uno/a de nosotros/as desempeña y que este sistema pre-estructura un gran número de situaciones en la vida social. Pero a pesar de que en la vida social casi todas las interacciones están pre-estructuradas, no es por ello menos contingente, en el sentido preciso del término, que quiere decir que no hay ninguna necesidad de que las cosas ocurran de tal o cual manera.[7]

En efecto, los roles desde esta perspectiva permiten aceptar la contingencia de la vida social y obligan a desembarazarse de la imagen simplista, y hoy a la moda, de la incertidumbre. Los roles están allí para preestructurar los intercambios, señala el autor. No se puede dar cuenta sociológicamente de las conductas del individuo sin movilizar de una u otra manera la noción de rol.

Los roles están dentro del análisis sociológico y se representa a diario cierto número de ellos. A los roles se los consideraba como los que cimentaban el orden social. Los estudios sobre ellos apuntaban ante todo a mostrar la funcionalidad y la complementariedad de los intercambios entre actores, a lo sumo a determinar sus competencias estratégicas en ocasión de las interacciones. Martuccelli (2007, p. 188) critica que los roles hayan sido la última garantía de la solidez del mundo social, y en el peor de los casos, los actores se convertían en robots. En este sentido, se apuesta que los mismos individuos puedan deconstruir, replantear, y construir sus roles a partir de sus biografías y singularidades, no obstante, se debe saber que también existen en la sociedad individuos que asumen sin cuestionamiento alguno sus roles a los cuales se les añade el término de “engranajes”.

Afirma el autor (2006, p. 44) que el rol puede preestructurar las relaciones y si no aceptamos esta representación de la vida social corremos el riesgo de caer en la trampa -y en el absurdo- de la visión propuesta por la etnometodología según la cual los actores co-inventan constantemente toda la vida social durante sus interacciones, lo que no invalida en absoluto los márgenes de acción que quedan a disposición de los actores, incluso la existencia de situaciones en las que efectivamente existe una “co-invención” situacional, pero obliga a limitar el espectro de este tipo de variantes.

Concordando con Vélez (2003, p. 36), las transformaciones sociales que conllevan sentidos cambiantes y que en estos se construyen relaciones en los que los individuos tienen mayor potencial de resignificación son un desafío e invitan a concebir la vida social más allá de los estrechos marcos que la normatividad, el orden, y las regulaciones propias de los modelos positivistas y jurisprudenciales imponen; por lo que es necesario reinventar categorías de análisis que posibiliten la comprensión de lo social y que aporten a la producción del conocimiento desde la esfera de lo cultural y lo cotidiano.

En este orden de ideas, considero que es importante romper con antiguas tradiciones reduccionistas que han priorizado los procesos de socialización y las clases sociales, que sin dejar de ser relevante no pueden seguir siendo más los únicos soportes de sentido del abordaje sociológico. Siguiendo estas formas reduccionistas de abordar lo social muchas veces se ha generalizado el análisis y comprehensión de los individuos como parte de grupos sociales, por ejemplo, los/as niños, niñas y adolescentes trabajadores, o las personas adultas mayores de un Centro de Atención Residencial público. Se preconcibe y se asume determinadamente sus necesidades y lo que deben hacer, “sus roles y funciones”. Se apuesta desde esta mirada a desarrollar un pensamiento más abierto y complejo.

Esta invitación, como comparte Vélez (2003, p. 37), no es solo a aprender sino a desaprender, asumiendo a conciencia las inseguridades que ello supone. Hoy más que nunca es necesario reconocer y asumir muchos de los errores y equivocaciones de antiguas posturas ideológicas, asumidas en el pasado en nombre de la razón y de la ciencia.

La complejidad de los individuos, las dinámicas sociales, y la implementación generalizada del modelo neoliberal han ocasionado fracturas significativas en la estructura teórica, funcional y laboral del Trabajo Social, y por ello es necesario abrir las Ciencias Sociales y por consiguiente el Trabajo Social a nuevas formas de observar y pensar la realidad social, visibilizando las experiencias personales a partir de las individualidades sin perder de vista críticamente las estructuras sociales de las que todos y todas somos parte, y podemos cambiar.

Fuentes de referencia:

CARBALLEDA, A. (2016). ¿Qué nos hace ser trabajadores sociales? ¿Por qué el Trabajo Social? Buenos Aires. Recuperado en: http://www.ts.ucr.ac.cr/binarios/pela/pl-000570.pdf

DI LEO, P.; CAMAROTTI, A.; Güelman, M. & Touris, M. (2013). Mirando la sociedad a escala del individuo: el análisis de procesos de individuación en jóvenes utilizando relatos biográficos. Argentina: Athenea Digital, 13(2), 131-145. Recuperado en:

http://psicologiasocial.uab.es/athenea/index.php/atheneaDigital/article/view/DiLeo

KISNERMAN, N. (1998). Pensar el Trabajo Social. Buenos Aires: Grupo Editorial Lumen, 2005.

MARTUCELLI, D. (2006). Lecciones de Sociología del Individuo. Lima: Transcripción realizada por Gonzalo Portocarrero del curso del autor dictado en setiembre de 2006 en la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú organizado por el Departamento de Ciencias Sociales.

MARTUCELLI, D. (2007). Gramáticas del individuo. Buenos Aires: Losada.

MARTUCELLI, D. (2010). Entrevista realizada por Martinic, R. & Soto, N. para la revista de Estudiantes de Sociología de la Universidad Central de Chile “1/2 Vínculo”. Santiago de Chile. Recuperado en: https://issuu.com/doblevinculo/docs/a_o_i_n_1_medio_vinculo

MARTUCELLI, D. (2012). Entrevista realizada por “La Colmena Revista”. Lima. Recuperado en: https://www.youtube.com/watch?v=0HoW3o3_9zw&t=446s

VELEZ, O. (2003). Reconfigurando el Trabajo Social: Perspectivas y tendencias contemporáneas. Buenos Aires: Espacio Editorial.

[1] Planteo el término “Trans-formación” porque considero que al ingresar a la universidad y comenzar los estudios de pre grado y así como en los estudios post grado el/la estudiante adquiere una formación académico-profesional pero en ese mismo proceso de formación uno/a también se trans-forma en cuanto a que se deconstruye, construye y reconstruye en conocimientos y saberes así como experiencias que finalmente permiten nuestro fortalecimiento como profesionales y personas.

[2] Concebir la estructuración de la experiencia social por fuera de los sistemas de significación donde ella cobra sentido. En un espacio prelingüístico abstraído de tales sistemas de significación. (Véase en Reconfigurando el Trabajo Social. Perspectivas y tendencias contemporáneas. Vélez, O. 2003, p. 36)

[3] Sociólogo, profesor titular en la Universidad Paris Descartes (USPC), miembro del Institut Universitaire de France e investigador en el Cerlis-CNRS. Reconocido teórico social y especialista en sociología del individuo, ha llevado a cabo parte de sus investigaciones en países latinoamericanos. Ha sido docente en la Universidad de Lille 3 (2006-2010) y profesor invitado en varias universidades extranjeras en Chile, Perú, Argentina, Brasil y España.

[4] Extracto de entrevista a Danilo Martuccelli por “La Colmena Revista”, Lima, 2012. Recuperada en: https://www.youtube.com/watch?v=0HoW3o3_9zw

[5] Di Leo, Pablo Francisco; Camarotti, Ana Clara; Güelman, Martín y Touris, María Cecilia (2013). Mirando la sociedad a escala del individuo: el análisis de procesos de individuación en jóvenes utilizando relatos biográficos. Athenea Digital, 13(2), 131-145.

[6] Martuccelli (2006, p. 41) señala que los roles explican la fuerte tipificación de situaciones y experiencias que caracterizan de manera ordinaria la vida social.

[7] Martuccelli (2006, p. 42) señala que la contingencia, en contra de todo determinismo, es un aspecto fundamental de la vida social. Nada es necesario, pero no por ello las acciones son imprevisibles o inciertas.

Haydee Chamorro García
Egresada de Trabajo Social de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
Diplomada en Gerontología Social de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Directora de Responsabilidad Social de Conexión Adulto Mayor.
Colaboradora en el Magazine Virtual Qmayor (España)
Miembro de la Mesa de Concertación sobre Personas Adultas Mayores. (Lima – Perú)
Miembro de la Red Latinoamericana de Trabajo Social en el Campo Gerontológico.
Con experiencia laboral en el CARPAM Ignacia Rodulfo Vda. de Canevaro, y actualmente en la Unidad de Desarrollo Integral de la Familia del INABIF – Equipo especialista de la elaboración de herramientas de gestión para los Centros de Atención de Día para Personas Adultas Mayores de los Centros de Desarrollo Integral de la Familia.

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