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“Somos mayores, no estamos forzosamente seniles ni enfermas, solo tenemos muchos años (…) no queremos que pongan límites a nuestros deseos de vivir (…)queremos que nos valoren por lo que somos, por lo que fuimos y por lo que seremos; estamos vivas y seguimos aquí pensando, deseando, produciendo (…) queremos que se valore nuestra contribución a la vida y a la civilización del planeta con una pensión digna (…) queremos ser libres y que no se nos violente, queremos vivir una vejez digna y respetuosa con la vida de cada una de nosotras (…)”

(Decálogo de las mujeres mayores escrito y leído por Anna Freixas en las Jornadas de Edadismo Sexista en Leioa, España 2018)

Vivimos actualmente una crisis de emergencia sociosanitaria a nivel mundial que, evidentemente ha descubierto nuestra fragilidad no solo biológica como seres humanos, sino también social, económica, y legal que; a su vez repercuten en una fuerte tensión de los sistemas de salud pública y de protección social. Esto genera la agudización de las desigualdades sociales, dentro de las cuales se encuentran las grandes y aún persistentes brechas de género.

Desde la perspectiva de la economía feminista, Natalia Quiroga (CLACSO, 2020) afirma que la promoción de la interdependencia y la necesidad universal del cuidado como elementos centrales para pensar lo económico en clara crítica al paradigma neoclásico -que piensa en la competencia y el individualismo-, están siendo revalorizados ante la crisis propiciada por el COVID-19.

Señala que esta crisis torna palpable la manera en la que la hegemonía neoliberal ha generado un álgido nivel de desprotección social, constituyendo una de sus principales victorias la naturalización de la desigualdad de género expresada en la manera en que se gestionan las necesidades de cuidado. Asimismo, afirma que esta pandemia muestra los límites de una economía patriarcal que ha delegado creciente y sistemáticamente en los hogares y en el trabajo no remunerado de las mujeres -de toda edad- el cuidado de la vida. En ese sentido, asevera que presenciamos una crisis también del cuidado que impone repensar los mundos del trabajo y del cuidado mismo, de la protección social y que nos remite a la revalorización de la vida.

En este artículo enfoco el abordaje de la desigualdad de género desde el ejercicio de los cuidados, pero en relación a las mujeres de 60 años a más, mujeres adultas mayores o como José Yuni (2014 citado por Ludi et.al, 2018) sostiene, las viejas[1], desde la perspectiva del curso de vida[2] y con base en los principios de la gerontología feminista.

Mi interés por este abordaje se sustenta en la preocupación por contribuir a hacer visible lo que estructuralmente es invisibilizado o, en su defecto, cargado de connotaciones peyorativas. El envejecimiento de las mujeres aún está marcado por potentes imágenes mentales desmoralizantes que funcionan como profecías de autocumplimiento (Covey, 1988, citado por Freixas, 2008). Y, en ese sentido, el ser una mujer mayor significa socialmente la invisibilización de su cuerpo, sus aportes, sus dolores, sus cansancios, sus deseos…su proyecto de vida.

En este contexto de crisis de cuidados y, en general, en el abordaje de los cuidados y las brechas de género existentes en ellos, el análisis crítico de la situación de las viejas es poco o nulamente abordado tanto en los espacios académicos, sociales (de activismo feminista y de derechos humanos) como políticos de nuestro país. Y, es por ello que, siguiendo la afirmación de Freixas (2008), se tiene la apuesta de sumar al develamiento de las construcciones sociales de los valores culturales que limitan la vida de las mujeres adultas mayores en los ámbitos afectivos, culturales, sociales, económicos y políticos; y, promover interpretaciones críticas del envejecimiento femenino que reflejen la complejidad de su curso de vida.

En el Perú, de acuerdo al informe del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) a diciembre del 2019, las personas adultas mayores representan el 12,4% de la población total. Dentro del fenómeno de envejecimiento poblacional se desarrolla progresiva e irreversiblemente el fenómeno de feminización de la vejez; es decir, que la proporción de mujeres es mayor que la de los hombres de 60 años a más. Según Kalache (2015, citado por Navarro, 2019), las mujeres viven 4 o 5 años más que los hombres, considerando datos globales: “En el 2013, por cada 100 mujeres de 60 y más años, había 85 hombres de la misma edad. A la edad de 80 años, las mujeres sobrepasaban a los hombres en una proporción de 61 a 100”. En consecuencia, el actual escenario social de longevidad genera la coexistencia de tres generaciones de mayores -mujeres en su enorme mayoría- con alta carga de cuidados (Navarro, 2019, p. 120).

Tomando en cuenta aspectos de tipo personal, social y profesional, así como el disparejo ejercicio en las tareas de cuidado y sostenibilidad de la vida, no es lo mismo envejecer siendo mujer que hacerlo siendo hombre. Estos aspectos han configurado de forma diferente la vida de las mujeres y de los hombres (Freixas, 2008, p. 46). En nuestro país todo ello se traduce en cifras que dan cuenta de las brechas de género en la población adulta mayor.

Respecto de la situación de analfabetismo en la vejez, las mujeres representan el 25,3% del total y los hombres el 7,5%. En relación a la afiliación a la seguridad social y al sistema de pensiones, los hombres adultos mayores representan el 48,5%, mientras que las mujeres el 28,4%. Sobre problemas de salud crónica, las mujeres adultas mayores que tienen una enfermedad de este tipo representan el 82,7% y los hombres, el 73,6%. En el caso de personas adultas mayores que tienen alguna discapacidad, las mujeres representan el 56,3%, mientras que los hombres, el 45,95%. Y, finalmente, es relevante señalar las cifras que dan cuenta de su participación en la Población Económicamente Activa (PEA), siendo el de mujeres adultas mayores el 50,5% y el de sus pares hombres el 71,9% (INEI, 2020).

Es evidente entonces que, como señala el INEI en su publicación acerca de las brechas de género en el país (2017), la brecha entre mujeres y hombres sin ingresos propios es más elevada entre adultos y adultas mayores. En el caso de las personas de 60 años a más, el 35,3% de mujeres no tiene ingresos propios, a diferencia del 11,4% de hombres.

Este informe también evidencia la brecha en el uso del tiempo destinado al trabajo doméstico: los homres destinan 15 horas con 54 minutos a la semana a actividades no remuneradas, las mujeres destinan 39 horas con 28 minutos; es decir, 23 horas con 34 minutos más que los hombres. Y, en relación a las personas adultas mayores y su tiempo destinado al trabajo no remunerado, este informe señala que, entre quienes tienen de 50 a 64 años, el 42,4% representa a las mujeres y el 18,2% a los hombres; también que entre quienes tiene de 65 a más años, el 38% son mujeres y el 20,3% son hombres (p. 37).

Como se ha visto, las mujeres, en los distintos grupos etarios pero sobre todo en la vejez, ocupan un mayor tiempo en el trabajo doméstico no remunerado que, implica entre otras cosas, el cuidado. Navarro (2019, p. 120) señala que su presencia permanente en la gestión del cuidado conlleva una sobrecarga que adquiere características particulares, haciendo énfasis en el cuidado intergeneracional, que compite o entra en crisis con aquellos logros de emancipación a los que las mujeres han podido acceder en las últimas décadas. Con ello, la autora refiere que el aumento de la esperanza de vida también agrega años a la continuidad de cuidados que las mujeres desarrollan invisiblemente.

Las mujeres, como afirma Freixas (2008, p. 47) son consideradas socialmente como las cuidadoras fundamentales de la especie humana y así, el estado de bienestar de las personas de su entorno; sin embargo, son cuidadoras sin contrapartida. La función de cuidado, a lo largo de su vida, supone un alto coste de tiempo y de pérdida de oportunidades. Tiempo que no dedican a sí mismas, a su formación personal, profesional e intelectual y a sus propios deseos. Incluso a pesar de que muchas hayan logrado desprenderse del cuidado directo de sus familiares, las tareas de gestión del cuidado siguen ocupando un lugar muy importante en sus vidas y genera una continua sobrecarga. (Navarro, 2019, p. 127).

Las mujeres -más allá de la edad que tengan-, se encuentran sujetas a las normas relacionadas al cuidado, que las ubican en el centro de su ejercicio en todo el curso vital, y, a pesar de contar con estudios estadísticos que indican que son más las mayores que padecen de patologías crónicas (a consecuencia de la falta de adecuada alimentación y descanso, patologías psíquicas vinculadas a la sobrecarga de cuidados y la dificultad de ocuparse del propio cuidado de la salud, entre otros factores), no se asocia el trabajo continuo de cuidados con las condiciones de salud a las que llegan en esta etapa de su vida (Navarro, 2019, p. 121-122).

De acuerdo al planteamiento de Freixas (2013, p. 246), se puede considerar que el cuidado es una oportunidad ética y afectiva que muchas mujeres asumen más allá del estrés y del deber, en el que se entremezclan sentimientos diversos como la necesidad de protección de la dignidad del ser querido, el acompañamiento y el deseo de ayudarle a mantener un sentido de sí que proteja su integridad. Cuidar no significa solo manejar un cuerpo, sino implicarse en la persona como un todo, implica también una carga emocional.

La dependencia económica de las mujeres, originada en sus opciones afectivas tempranas y perpetuadas a través de la dependencia que de ellas tienen las demás personas, es la causa principal de su pobreza en la vejez. Freixas (2008, p. 48) señala que el precio de esta responsabilidad asumida por las mujeres dentro de las lógicas patriarcales es una “dependencia inversa”, que resulta invisible y muy negativa para las mujeres en la vejez. ¿Son ellas las mantenidas o las que mantienen? Afirma que es el trabajo gratuito de las mujeres en el hogar el que permite que el resto de la familia se sitúe en el trabajo asalariado.

La evidencia en nuestro país da cuenta de la afirmación de Freixas (2008-2013). Son más las mujeres que se dedican al trabajo doméstico no remunerado. Es exponencialmente mayor la concepción del tiempo flexible de las mujeres, así como carente de valor económico, por lo que su jornada puede extenderse, recargarse, modificarse según las necesidades de su entorno familiar; en contraste con la situación de muchos hombres (Navarro, 2019, p.125). Son más las mujeres adultas mayores que no tienen pensión por no haber laborado formalmente y contribuir a la seguridad social. Son más las mujeres adultas mayores en situación de pobreza o pobreza extrema.

De acuerdo a Navarro (2019, p. 122), el espacio doméstico de convivencia familiar puede ser visualizado como una unidad de producción de salud en la que las mujeres cargan sobre sí la responsabilidad de llevar adelante una serie de acciones preventivas y asistenciales que promueven el bienestar de sus miembros tales como lo son las tareas de cuidado de niños, niñas, adolescentes, personas con discapacidad o en situaciones de enfermedad aguda o crónica, y personas en situación de dependencia en general. En ese sentido, es preciso señalar que, la trayectoria vital de las mayores, vista en perspectiva, muestra las interrupciones o discontinuidades que sufrieron sus proyectos personales a raíz de las necesidades familiares de cuidado.

Si bien se ha producido una mejora en las últimas décadas, el estrés de los múltiples roles y el carácter secundario de los trabajos de las mujeres tiene consecuencias de largo alcance en la vejez. Entre otras cosas, porque históricamente sus trabajos en la esfera pública se han caracterizado por ser múltiples, simultáneos, sin seguridad social ni vacaciones, y con escasa consideración social. Trabajos que además tienen baja remuneración, horarios sin fin y carecen de jubilación. Las familias de antes, así como las contemporáneas se sostienen gracias al desvelo leal y continuado de las mujeres (Freixas, 2013, p. 292-294).

Paradojalmente, en nuestra sociedad, respecto del cuidado en términos generales, se identifica a las mujeres adultas mayores como receptoras, dejando de lado que ellas son las principales cuidadoras de sus cónyuges en primer término y de niños y niñas (nietos, nietas) en muchos casos (Navarro, 2019, p. 123-126). Por lo que, se persiste la invisibilidad del rol de cuidados que desempeñan y los abusos y violencias que muchas veces suceden en este tipo de espacios (privados). Cabe mencionar que, las mujeres mayores pueden ejercer diversos roles sociales (no únicamente el de cuidados), y asumirlo a nivel de la política pública, así como de la sociedad en su conjunto es clave para la ruptura de estereotipos de la vejez.

En la actualidad, como bien afirma Navarro (2019, p. 126), muchas mujeres revisan, cuestionan y resisten aquellos “mandatos” que las ubican en el cumplimiento de roles de cuidado, que evidencian una diferencia de toma de posición frente a los mismos respecto de las generaciones anteriores. Y, ciertamente, poco a poco no solo mujeres jóvenes sino también adultas y adultas mayores, se resisten cada vez más a que desde su grupo familiar se continúe utilizando “su tiempo” en detrimento de su autonomía. Pero aún queda mucho camino por deconstruir imaginarios, prácticas que refuerzan las brechas de género para así identificar y construir desde las esferas pública y privadas las posibilidades para un cambio social emancipatorio. Este contexto de crisis puede significar una gran oportunidad para replantear el sistema de cuidados desde la perspectiva del curso de vida, así como generar cambios de paradigmas en torno a la vejez en general y la vejez femenina en particular.

Referencias bibliográficas y de la web

Freixas. A. (2008). La vida de las mujeres mayores a la luz de la investigación gerontológica feminista. Barcelona: Facultad de Psicología de la Universitat de Barcelona. Anuario de Psicología, Vol. 39, N° 1. pp. 41-57.

Freixas. A. (2013). “Tan Frescas. Las nuevas mujeres mayores del siglo XXI” Madrid: Editorial Paidós Ibérica.

Freixas. A. (2018). "Las mujeres mayores empezamos a cansarnos de algunas cosas". Visto en: https://www.youtube.com/watch?v=F5l-SlP2v88

INEI. (2017). Perú, brechas de género. Avances hacia la igualdad de mujeres y hombres. Lima, Perú.

INEI. (2020). Informe Técnico Situación de la Persona Adulta Mayor (octubre, noviembre y diciembre 2019). Lima, Perú.

Navarro. M. (2019). Las mayores en el cuidado: género, tiempo y espacio. Dimensiones en el cuidado y políticas públicas en torno al envejecimiento femenino. En: La gerontología será feminista. Buenos Aires: Editorial Fundación La Hendija. pp. 115 – 132.

Quiroga, N. (2020). Coronavirus y economía: cuando el cuidado está en crisis. Artículo de CLACSO. Revisado en: https://www.clacso.org/coronavirus-y-economia-cuando-el-cuidado-esta-en crisis/?fbclid=IwAR1OdVAQ22ULGiSltVSj4UNSEv12bRSeiNhA7b67gF8uvPGHFVEzfZ9sBeM

[1] Ludi et.al (2018) cita a José Yuni, quien sostiene que nombrar “adultos o adultas mayores” es políticamente (normativamente) correcto, y decir viejos-viejas resulta correcto científicamente, porque parte del concepto de vejez.

[2] El enfoque del curso de vida constituye una interesante perspectiva para el estudio de los nexos que existen entre las vidas individuales y el cambio social. Este enfoque permite tener un análisis de las trayectorias vitales con una mirada integral e integradora de las mismas.

Haydee Chamorro García
Trabajadora Social, egresada de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Con experiencia laboral en proyectos sociales, así como en el Centro de Atención Residencial Geronto Geriátrico "Ignacia Rodulfo Vda. de Canevaro". Actualmente labora en la Unidad de Desarrollo Integral de la Familia del INABIF, en asesoría técnica al servicio de Centros de Atención de Día para personas adultas mayores. Contacto:
Diplomada en Gerontología Social de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Directora de Responsabilidad Social de Conexión Adulto Mayor.
Miembro del equipo editorial en el Magazine virtual Qmayor (España).
Miembro de la Mesa de Concertación sobre Personas Adultas Mayores. (Lima – Perú).
Miembro de la Red Latinoamericana de docentes y profesionales de Trabajo Social en el Campo Gerontológico (REDGETS).

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