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Chile

Luis Alberto Vivero Arriagada

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Lucha de clases y proyecto contra-hegemónico: la reconceptualización del trabajo social en los años 60

El pensamiento gramsciano no sólo constituye un rico aporte a la discusión teórica marxista latinoamericana, sino que ello también es posible contrastarla con los distintos procesos políticos desarrollados desde mediados del siglo XX. Uno de los fenómenos, tal vez el más interesantes, de la segunda mitad del siglo pasado, corresponde a la experiencia de la Revolución Cubana. El Movimiento del 26 de Julio, liderado por Fidel Castro y la acción de la guerrilla desarrollada en la Sierra Maestra, lleva a la práctica los planteamientos gramscianos, entre ellos lo referido a la guerra de posiciones, a partir de la conformación de un bloque popular, que permitió el triunfo de la insurrección y la caída de Fulgencio Batista en 1959.

Para la izquierda latinoamericana, la experiencia cubana, fue un referente empírico importante, y hasta hoy, aquella experiencia sigue siendo materia de análisis (Goicovic, 2015). La comprensión de la articulación de lo teórico con las posibilidades materiales y subjetivas de una revolución socialista y la transformación de las formas capitalistas de producción material y social, son lecciones inagotables para leer los escenarios actuales de luchas contra hegemónicas y procesos de construcción de un bloque histórico político (Goicovic, 2015). En particular, el escenario que, si inaugura con la Revolución Cubana, tendrá una singular influencia para el trabajo social latinoamericano, lo cual intensificará los debates y radicalizará las posturas teóricas-metodológicas y políticas al interior del trabajo social.

Hemos querido iniciar este artículo, con ese hecho histórico particular, porque marca sin duda un punto de inflexión en las relaciones socio-geo-política de América Latina y el Caribe, con Estados Unidos. A la vez, ese hecho alimentará los grandes debates intelectuales, políticos y estratégicos de aquella época. Los diversos campos disciplinarios de las ciencias sociales se vieron fuertemente centrifugado por lo que generó el triunfo de la Revolución Cubana. En particular, en el campo del trabajo social, aquel escenario socio-político, alimentará los debates para que se genere el Movimiento de Reconceptualización, el cual tiene su génesis en lo que fue el Seminario de Servicio Social de Puerto Alegre en el año 1965. Dicho seminario, marca un punto de inflexión con las perspectivas conservadoras y acríticas, que caracterizaban la profesión, por lo cual se van a desarrollar una serie de debates y de dinámicas, las que, sin lugar a dudas, estaban determinadas por el contexto sociopolítico de la región, y las circunstancias particulares de cada país (Alayon, 2005, Araneda 1975, Ruz, 2016).

Dentro de los principales fines de este movimiento intelectual y político, fue teorizar el Trabajo Social, tomando como base el contexto histórico cultural y político de América Latina, y para ello reconoce como uno de los fundamentos, las experiencias de los y las profesionales (Araneda, 1975, Diéguez, 1970, Ruz, 2016). En aquel contexto, se plantea que el trabajo social cumple un rol de carácter político, y el sustento de su acción profesional tienen como fundamental la praxis social, para lo cual era necesaria la militancia en las organizaciones sociales y políticas, principalmente de izquierda, pero también en partidos burgueses reformistas, como lo era la Democracia Cristiana.

En las discusiones al interior de la disciplina, se asume la praxis como un proceso dialéctico, que conlleva una actividad real, material y objetiva, a la vez una acción subjetiva y consciente, que determina la acción profesional. En términos generales, para la intervención concreta, se sostiene como fundamental, una necesaria y permanente relación entre teoría y práctica (Araneda, 1975, Alayon 2005). En este importante debate, los y las protagonistas de aquel proceso, valoran los cambios generados a la luz de las discusiones generadas en el campo académico, preferentemente en la formación de los Trabajadores Sociales. Sin embargo, esta tensión teórica-práctica, no logra materializarse en el campo del ejercicio profesional (Araneda, 1975). Esto genera una distancia – que en el periodo de dictadura se acentúa- entre el mundo de la academia y, por otro lado, los/as profesionales en ejercicio profesional (Araneda, 1975). Es decir, en las escuelas se entregaba un tipo de formación analítica y crítica respecto del contexto social y político que vivía latinoamericana, se tensionaba con el compromiso político que debía asumir el profesional, pero sin llevar este debate a las instituciones que implementaban las políticas sociales, donde se continuaba con un discurso y práctica funcionalista y con una aparente neutralidad política (Araneda, 1975). El proceso de reorientación que vive el trabajo social entre las décadas del sesenta y setenta, está fuertemente influenciado por el contexto socio-histórico, y las luchas sociales protagoniadas por las clases populares. Ello por ejemplo en el caso se Chile, se traduce que tanto profesinales, académicos y estudiantes de trabajo social, se vinculen en la militancia política en los diferentes partidos de izquierda (Aguayo y Salas, 2018, Illanes, 2016). Se entendía la reorientación del trabajo social, como un espacio de disputa no solo teórica, sino que también política-ideológica, en el contexto de las luchas de clases.

Algunas reflexiones sobre hegemonía y lucha de clases

La cuestión de la hegemonía, elaborada en Gramsci (2006, 2012, 2017) tiene de suyo una importante influencia leninista, particularmente en la idea que desarrolla sobre la alianza de clases. En consecuencia, no podemos desvincularlo de la clásica concepción marxista de lucha de clases como el motor de la historia. Pero vale advertir, que esto no significa asumir en Gramsci la postura ortodoxa que ello conlleva el antagonismo de clases. Por el contrario, encontramos una superación, respecto de aquellas perspectivas pueramente materialistas, dando lugar a comprender la importancia de la lucha cultural, como un campo en disputa en en el sentido más amplio de la lucha de clases.

Por su parte, otros autores marxistas, como Ellen Meiksins Wood (2000), plantea que existirían dos formas de pensar teóricamente las clases: una estaría dada por su ubicación estructural, determinada principalmente por una jerarquía según ocupación, nivel de ingresos, oportunidades en el mercado, etc.; y la otra, está referida a una construcción histórica y social, que se da entre productores y apropiadores del capital. Al respecto, recordemos que Marx y Engesl (2008) describen la historia de las distintas sociedades como la historia de la lucha de clases. Dicho de otro modo, para el marxismo las clases sociales están definidas básicamente por las relaciones sociales de producción situadas históricamente, las que se materializan en la forma en que se producen y se transan las mercancías (Marx, 1987, 1989, Marx y Engels, 2008, 2010, 2014, Wood, 2000). Dichas relaciones de producción, son ante todo sociales, en las cuales los individuos ocupan un lugar que está determinado por la división social del trabajo, por lo cual, aquellos que desarrollan una misma actividad productiva y estarían sometidos a similares condiciones de explotación, éstos entonces conforman una clase social (Gramsci, 2006, 2012, 2017, Marx y Engels, 2008, 2010, 2014, Lukács, 2013).

Siguiendo con la teorización del pensamiento marxista, a juicio de Francisco de Oliveira, esta se encuentra marcada por dos grandes momentos: primero, en lo que él llama “octubre de 1917”, representada en las figuras de Vladimir Lenin y de León Trotski, que contribuyeron a la teoría marxista de la revolución, y el segundo momento es el “gramsciano”, donde señala que el intelectual italiano “intenta responder a la cuestión nunca respondida por el marxismo: una teoría marxista sobre la democracia” (de Oliveira,1986, p.13). En palabras de Laclau y Mouffe (2004), lo que hay en Gramsci es una idea de radicalización de la democracia, lo cual es sin duda uno de los aportes más significativos y rupturistas de las perspectivas del marxismo ortodoxo.

La situación de las sociedades capitalistas de finales de la década del ochenta, da cuenta del desarrollo y transformación que ha tenido el capitalismo, a partir de dichas disputas al interior de la burguesía, y es por lo tanto “el gran capital, la fracción hegemónica; pero esto no quiere decir que el capital medio esté excluido del poder político. Participa de él, a título de fracción dominante, bajo la hegemonía del gran capital” (Poulantzas, 1987, p.119). Esto tendría sentido con lo que plantea de Oliveira en cuanto a que “la forma representativa muere porque no hay más esa unidad (…). Esa destrucción de la unidad de la burguesía conduce, inexorablemente, a que la lucha en el interior del Estado sea ahora más importante que la lucha entre los capitales” (1986, p.17). En una línea argumentativa con ciertas coincidencias a la de Oliveira, Poulantzas agrega que “los signos más evidentes de ese proceso se muestran (…) en el creciente autoritarismo que aún disfrazado, mina por todas partes los fundamentos de la democracia burguesa representativa” (Poulantzas, 1987, p.17).

Planteamientos de autores como E. P. Thompson (2002) o Georg Lukács (2013), hacen un importante aporte a la discusión sobre la identificación de la lucha de clases como un elemento significativo en formación política y en la comprensión de la histórica contemporánea. En este sentido, Thompson identifica a la clase social ya no como una cuestión determinada en relación al lugar ocupado en el proceso productivo, aunque siga siendo un elemento relevante, sino que la clase es entendida como “un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados en lo que se refiere tanto a la materia prima de la experiencia como a la conciencia (…) la noción de clase entraña la noción de relación histórica” (Thompson, 2002, p.13).

Si entendemos la clase y la lucha política de los explotados y explotadas, como un fenómeno que se articula en determinado contexto histórico, y siguiendo la tesis gramsciana, también cultural, hoy esta condición se amplía y complejiza, más allá del clásico movimiento obrero. Es decir, se ha transversalizado, ya no se puede identificar solo en el movimiento obrero, hoy los nuevos movimientos sociales, también son una expresión de esta nueva lucha de clases, de nuevas fisionomías, sensibilidades, de nuevos discursos y de nuevas pragmáticas. Las luchas feministas, de las diversidades sexuales o de los pueblos indígenas, nos muetras que la contradicción capital/trabajo no es suficiente para explicar los formar de explotación que ha desarrollado el capitalismo en su fase neoliberal.

En este nuevo escenario histórico, esta serie de sucesos globalizados y globalizantes, las relaciones de producción en la esfera económica, si bien siguen siendo relevantes, es uno más de los elementos a considerar. Aparecen lo cultural y lo simbólico, diversificado y situados en un contexto histórico complejo, muy diferente a lo descrito por Marx y Engels (2008, 2010, y 2014)

Cuando Marx (1987) realiza la distinción vital entre clase en sí y clase para sí, esto implica un proceso de tránsito o de concientización al decir de Freire (2002, 2004, 2006), que permitiría pasar de una conciencia de clase en sí a una conciencia de clase para sí. La distinción entre una y otra servirá para distinguir entre ambas dimensiones de la clase social como un fenómeno histórico, lo cual sería una construcción social y cultural que sólo puede ser definida a partir de sus relaciones y disputas con otras clases (Gramsci, 2006, 2012, 2017, Thompson, 2002). Entonces, cuando hablamos de clase estamos pensando en un conjunto de gente difusamente delimitado, que participa de ciertos intereses comunes, experiencias sociales, tradiciones y sistemas de valores. Sin embargo, hoy no queda tan claro, si ello es suficiente para configurar una predisposición a actuar como clase, a definirse a sí misma en sus acciones y en su conciencia, en relación a otros grupos de gente, de un modo clasista. Pues la clase en sí misma no es una cosa, es un acontecer que se manifiesta como proceso histórico-político y cultural. En tal sentido, lo político hoy ha sido colonizado por la racionalidad económica instrumental, y lo cultural, dominado por la ideología individualista y consumista diseminada por el neoliberalismo.

La concepción de clase, entendida como una relación situada históricamente y como experiencia concreta, se manifiesta en el campo de acción a partir de la acumulación del capital simbólico o cultural en el sentido gramsciano, y no únicamente como manifestación material. Aquí por cierto la idea de capital simbólico y cultural que desarrolla Bourdieu, nos parece de una relectura de lo desarrollado por Gramsci (2006, 2012, 2017), en torno a la importancia que este le atribuye a la cultura en el proceso de construcción de la hegemonía. A Thompson se le critica por identificar la clase en la conciencia de clase, “aunque donde uno lo criticaba por no ver ninguna clase donde no hay conciencia de clase, otro lo acusaba de ver clase en todas partes, completa y ‘lista’, en todas las manifestaciones de la cultura popular” (Wood, 2000, p.92). Se le culpaba de “disolver” las estructuras objetivas que determinan las clases, en su concepción de experiencia subjetiva y la cultura, al momento de definir la conciencia de clase (Wood, 2000).

La tensión entre una cultura individualista, solipsista neoliberal, respecto de un proyecto ético-político colectivo y solidario, se hará tangible, en la medida que se alimente la conciencia de clase. Esto, a partir de la agudización de las diversas contradicciones generadas por las luchas antagónicas y los complejos escenarios que se expresan en la actual fase del capitalismo, sobre todo en el campo cultural (Gramsci, 2006, 2012, 2017).

Así entonces, la clase, en su sentido más pleno, sólo llega a existir en el momento histórico en que empieza a adquirir conciencia de sí misma como tal, es decir, la conciencia de clase. Desde esta perspectiva, en palabras de Wood (2000), no habría una distinción entre “clase en sí” y “clase para sí”, sino que existe objetivamente en tanto sujeto histórico, por lo cual la lucha de clases precede a la clase. El mismo Thompson esboza la idea de la formación de la clase como un proceso que surge y se desarrolla “a medida que los hombres y las mujeres viven sus relaciones productivas y experimentan sus situaciones determinadas, dentro del ‘conjunto de relaciones sociales’ con su cultura y expectativas heredadas, y a medida que manejan estas experiencias en formas culturales” (Thompson, 1978, citado en Wood, 2000, p.95).

La clase según E. P. Thompson (2002), “cobra existencia cuando algunos hombres, resultado de sus experiencias comunes (heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses, a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos de (y habitualmente opuestos a) los suyos. La experiencia de clase está ampliamente determinada por las relaciones de producción en que los hombres nacen o en las que entran de manera involuntaria” (p.14). Es decir, el primer elemento en que se basa la identidad de clase está determinado por la propia estructuración del capital. Sin embargo, la construcción de la identidad colectiva y consciente, será fruto de la propia acción de los sujetos que movilizando aquella identidad primaria (dada por el capital), podrán crear un cuerpo de tradiciones, valores, visiones de mundo, lenguajes, instituciones, etc., en que se exprese la conciencia de clase que, para Thompson (2002), es la expresión en términos culturales de las experiencias determinadas por el capital.

Si bien podemos reconocer la vigencia de las clases sociales y los conflictos entre ellas, no podemos dejar de reconocer que ésta no es la única forma de explicar el tipo de conflictividad y de luchas presentes. Es posible encontrar a un sujeto que tiene un carácter de clase sin duda, pero dicho carácter de clase no es suficiente para constituir un sujeto, es decir, no es la única dimensión en torno a la cual hoy se constituyen los sujetos que luchan por la transformación de las sociedades neoliberales. En el actual escenario latinoamericano, los sujetos se constituyen y desarrollan su lucha política (de clases en el sentido marxista) en torno a una multiplicidad de cuestiones e identidades más particulares, es decir, encontramos una heterogeneidad de sujetos en la acción de lucha contra hegemónica, que en algunos fenómenos aparece uno más visible que otro, como en el caso boliviano el indígena y campesino, y en otros menos visible o más bien asemejado en una multitud en el sentido de Hard y Negri (2004). Es decir, la multitud aparece y se constituye altamente heterogénea, que resulta difícil encasillarla en una categoría rígida de clase. Más bien porque tal vez aún no logra un nivel de conciencia que le permita constituirse como tal. Reconociendo que la forma multitud ha logrado poner en escena demandas pre activas y ha permitido radicalizar el movimiento social, dichos fenómenos son formas de articulación histórica de determinadas características de la lucha de clases. No solamente de una clase, sino de distintas clases, que en esa lucha como movimiento social se reafirman y se articulada a otras clases, “nuevas clases políticamente visibilizadas a partir de nuevas identidades étnicas, culturales y regionales” (García Linera, 2008, p.399). Y a partir de la configuración actual del Estado boliviano, reafirma que tal hecho no es “una simple mutación de elites en el poder, sino una auténtica sustitución de la constitución de clase en el poder del Estado, cuya radicalidad es directamente proporcional a la distancia de clase y, en particular, entre el bloque social emergente y el bloque desplazado” (García Linera, 2008, p.400).

Aceptando lo planteado por García Linera, nos surge la duda en torno a si ese grado de articulación, al interior de esa “forma multitud”, está lo suficientemente sólido para pensarlo como sujeto histórico latinoamericano, capaz de materializar una lucha de clases, más allá de los intereses particulares de cada grupo al interior del movimiento, y si fuera así, cómo dar cuenta de una lucha de clases, en donde la heterogeneidad de los movimientos conlleva el riesgo de desarrollar acciones de carácter eminentemente pragmáticas y transitorias dificultando las posibilidades de construcción de un nuevo bloque histórico. El proceso contra hegemónico no puede ser entendido sino como un proceso de emancipación, la construcción de una nueva visión del mundo, un cambio de dirección y control de las fuerzas liderado por las clases subalternas, que permitan la consolidación del nuevo bloque histórico. Pero hoy en la realidad material y simbólica que nos presenta el escenario latinoamericano, no es el movimiento obrero la clase más relevante, ni tampoco se presenta solo una clase que podría disputar la hegemonía. Por lo cual, es fundamental considerar, por un lado, la particularidad histórica cultural de América Latina, y por otro, los procesos sociopolíticos que se han venido desarrollando desde fines del siglo XX, desde lo cual emergen nuevos sujetos, con nuevos discursos y demandas diversas, que ya no responden a una concepción de clase homogénea.

Hoy el escenario de conflictividad en términos materiales y subjetivos, es muy distinto a la experiencia y práctica desplegada por movimientos sociales y partidos de izquierda en lo que fue el siglo XX. Los que se observa entre las diferentes fracciones de clases dominantes con las nuevas clases dirigentes en emergencia, hacen que el Estado aun presente un carácter relativo de autonomía y, por lo mismo, las posibilidades de transformación se tornan más lentas, por cuanto aún no se ha logrado el fortalecimiento y la cohesión del nuevo bloque histórico político (Gramsci, 2006, 2012, 2017, Sader, 2009). Las tensiones y fisuras en el Estado neoliberal (Gaudichaud, 2015), podría eventualmente generar las condiciones materiales para la construcción de un proyecto contra hegemónico con nuevos actores, con nuevos y diversos protagonistas, en donde la clase obrera podría ser solo una más de este nuevo bloque histórico político, en esta nueva fase de lucha de clases.

Reflexiones desde el trabajo social crítico a partir del estallido social en Chile

A la luz de lo anterior, en términos gramscianos, podríamos decir que el neoliberalismo ha sido el cemento ideológico de las clases dirigentes y como tal, han desarrollado diversas estrategias, para propagar su concepción de mundo y a la vez mantener su dominio. Esto ha sido posible, entre otros factores, por las profundas transformaciones en las relaciones de fuerza sociopolítica a nivel internacional, que comenzaron a desplegarse a partir de inicios de la década de 1970. En América Latina, a través de los golpes de estado, se instauraron sangrientas dictaduras militares y que constituyeron profundos procesos de reconfiguración de las alianzas de clase y de las fracciones de clase (Gómez Leyton, 2004; Garretón, 2000, 2003 y 2004; Moulian, 2002, 2009). Los intelectuales orgánicos, formados en la Escuela de Chicago, dieron el sustento teórico y filosófico, que luego se manifestó en un lenguaje de sentido común de la masa, momento en que la hegemonía neoliberal ya podía ser considerada como una nueva forma de vida, que en palabras de Gómez Leyton (2004, 2006), se expresaría en la “sociedad neoliberal”.

Desde mediados de la década del setenta del siglo XX, el neoliebralismo ha sido hegemónico, pero con crisis y fisuras importantes, las cuales se han profundizado desde principios del presente siglo (Gaudichau, 2015). Este es el contexto en que se ha venido desarrollando el trabajo social en tanto producto que se configura y reconfgura en su historicidad. Desde aquellos tiempos de la organización popular de los años setenta que profundizó los cambios al interior de la diciplina bajo el movimiento de reconeptualización, retrodeciendo al conservadurimo técno-instrumental-asistencial que se impuso en dictadida, hasta las nuevas luchas sociales que se han levantado en la última década, protagonizada por un diverso movimiento social-popular.

Más allá de los avances o retrocesos en las posibilidades de construcción de nuevas hegemonías o de proyectos contra hegemónicos, ello nos lleva a reflexionar en torno a las características que presentan dichos procesos de transformación sociopolíticas. El trabajo social en tanto producto histórico político, juega un rol en las relaciones sociales de producción, a partir de su funcionalidad técnica (Guerra, 2014). De tal forma que, en el campo de actuación intelectual/profesional, se presentan tensiones y contradicciones, que la disciplina vive en una cotidianeidad histórica.

Lo que hoy se puede constatar, es una reconfiguración de las prácticas organizativas y formas de luchas, responde a las transformaciones propias del capitalismo y sus manifestaciones en las relaciones capital/trabajo (Antunes, 2005). Además, estas transformaciones, se manifiesta en una resignificación orgánica y discursiva de las clases subalternas, ya no únicamente articuladas en torno a la dimensión salarial, como unidad discursiva de lucha de clases, sino que, a partir de las formas del nuevo control del patrón de poder capitalista, se abre a otras dimensiones, como lo étnico, el género, la protección del medio ambiente y la preservación de los recursos naturales. Esos cambios, el trabajo social debe ser capaz no solo de identificarlos, sino que apropiarse de aquellos, como alimentos político-intelectual que nutre su propia praxis histórica.

El actual escenario histórico político, no puede mirarse de manera aislada, por lo que requiere reconcocer y rescatar los aprendizajes que ha acumulado la disciplina, y que no ha sido distinto a la experiencia de la clase popular. La disciplina tiene una rica experiencia, desde su génesis en América Latina con la creacón de la primera Escuela de Servicio Social en Chile, en el año 1925, posteriormente el periodo de la reconceptualización, los 17 dolorosos años de dictadura cívico-militar y ahora, las luevas luchas que, en el caso de Chile, desde inicios del presente siglo y que hoy está marcada con el estallido social de 2019. En estos diversos y complejos espacios el trabajo social siempre ah tenido una presencia activa, y si bien, no siempre se ha dado en términos orgánicos, si duda ha habido una importante participación comprometidas/os con los sectores populares y, especialmente con la defensa de los Derechos Humanos (Aguayo y Salas, 2018, López, 2018, Del Villar, 2018).

El actual escenario de conflictividadque se ha reconfigurado a partir de la primera década del presente siglo, y que tiene una explosión tremendamente significatica en términos políticos el año 2019, ha develado en toda su magnitud las profundas desigualdades provocadas por el modelo de sociedad capitalista neoliberal. En este escenario que da cuenta de una crisis estructural, el trabajo social en toda su dimensión disciplinaria no puede quedar como un simple expectador, sino que tiene el imperativo ético y político de generar una urgente ruptura, con los fundamentos tecnoburocráticos, del pragmatismo irreflexivo y acritico, heredado de la dictadura, y como expresión de la hegemonía intelectual de la razón neoliberal.

El levantamiento insurrecto de las clases populares, sin lugar a dudas han provocado un fuerte remezón histórico-político. Y nos resulta necesario. En cuanto reivindicar que los principales protagonistas, han sido los estudiantes de sectores popuares, a los que luego se ha sumado la clase sublaterna popular en tanto histórico. En el caso del llamado estallido social en Chile de 2019, fue un grupo de estudiantes secundarios que desafiaron el poder institucional, y, en un acto absolutamente revolucionario, saltaron los torniquetes del Metro de Santiago, y así evadir el cobro de pasajes de este medio de transporte, que es uno de los más caros del mundo. Esa fue la chispa para encender y para iluminar el camino del levantamiento popular que tuvo al pais movilizado por más de tres meses, y llevó al Gobierno derechista a decretar estado de sitio. Con los militares armados en la calle, era imposible no recordar los duros años de la dictadura pinochetista, y los miedos reaparecieron en la memoria colectiva. Pero aún así, el sujeto popular estaba nuevamente en las calles, apropiándose de ese espacio natural de tantas luchas. Nuevamante aparecía el motor más importante de la historia.

El sujeto social popular está recuperando su autonomía y la lucha de clases cobra nuevamante sentido y signficicada como una realidad histórica concreta. Por un largo tiempo, no solo en Chile sino por gran parte de la intelectualidad que sucumbió al pensamiento dominante, renegó de la lucha de clases, como categoría de análisis, y como realidad material. Pero hoy podemos decir, que la lucha de clases sigue siendo una categoría de análisis que permite describir y analizar la confictividad que se manifiesta en los diferentes espacios. Sin duda ya no solo como una manifestación de la contradicción capital/trabajo, sino que, sumado a esto, se construyen sobre la base de otras materialidades y otras subjetividades. Por ello es que el trabajo social no puede sino mirar con atención los fundamentos de esta lucha social, e identificar cuáles son sus causas estructurales, y de qué forma como intelectuales asumiremos el rol ético y político de nuestra praxis disciplinaria. A más de medio siglo de lo que fue el proceso de Reconceptualización, y los cambios políticos, sociales y cultruales del Chile de la “revolución en libertad y de la “Unidad Popular”, nos aventuramos a preguntas: ¿Hasta qué punto las nuevas luchas sociales que han levantado las clases subaltenas provocará un cambio epistémico y político en el trabajo social? ¿hasta qué punto al interior de la disciplina se visibilizará los proyectos politico-ideológico que ha dominado la formación y práctica del trabajo social en las últimas tres o cuatro décadas? Por lo menos, no se prodrá desconocer que el sujeto social popular sigue siendo el motor más importante de la historia, y que nosostros interactuamo cotidinuevamente con ese sujeto, a pesar que pueda aparecer ante nosotros en su forma indidividual.

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Luis Alberto Vivero Arriagada
Asistente Social, Licenciado en Trabajo Social, Magíster en Ciencias Sociales Aplicadas, y Doctor en Procesos Sociales y Políticos en América Latina. Tiene alrededor de 30 publicaciones en Revistas Científicas en Chile, Argentina, Brasil, Colombia, Uruguay, y Venezuela, como también en coautoría en cerca de una decena de libros.
Es director del Magíster en Trabajo Social en la Universidad Católica de Temuco, y Director del Departamento de Trabajo Social, Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Católica de Temuco. También tiene una activa participación en colectivos y movimientos sociales. Tiene una activa participación en diferentes organizaciones sociales, entre ellas el Colectivo de Profesionales de las Ciencias Sociales de la Araucanía (PROSA), Colegio de Trabajadoras y Trabajadores Sociales Provincial Cautín, es parte de la Red Iberoamericana de Investigación en Trabajo Social, de la cual es uno de los miembros fundadores, y en Chile de la Red de Escuelas de Trabajo Social de las Universidades del Consejo de Rectores (CRUCH)