DEL AULA A LA VIDA: INTELIGENCIA EMOCIONAL Y COMPETENCIAS PARA EL TRABAJO SOCIAL DEL SIGLO XXI

Reseña de libro y evento de presentación

“Toda la providencia es un anhelo de servir. Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco. Donde hay un árbol que plantar, plántalo tú; Donde hay un error que enmendar, enmiéndalo tú.” (Gabriela Mistral, El placer de servir)

Autora
Maritza Isabel Martínez Loli es trabajadora social, educadora, doctora en Ciencias de la Educación, docente universitaria e investigadora calificada en el RENACYT. Cuenta con experiencia en docencia, investigación, gestión académica y desarrollo social, y forma parte del Comité Editorial de la revista Nueva Acción Crítica.

Palabras clave

Trabajo Social; inteligencia emocional; competencias profesionales; formación universitaria; empleabilidad; ética profesional; habilidades socioemocionales

Introducción

El libro Del aula a la vida: inteligencia emocional y competencias para el Trabajo Social del siglo XXI, de la Dra. Maritza Isabel Martínez Loli, aborda la necesidad de articular el conocimiento teórico y metodológico con las capacidades emocionales, relacionales, éticas y profesionales que demanda la intervención del trabajo social en escenarios sociales cada vez más complejos.

La obra parte de una preocupación surgida de la experiencia docente e investigativa de la autora: la formación universitaria puede transmitir conceptos, métodos, procedimientos y marcos normativos, pero ello no garantiza, por sí mismo, que quienes egresan estén preparados para manejar los conflictos, las frustraciones, las exigencias institucionales, las relaciones interdisciplinarias y las situaciones humanas emocionalmente intensas que caracterizan el ejercicio del trabajo social. El tránsito “del aula a la vida” representa, precisamente, el proceso mediante el cual los aprendizajes académicos se convierten en criterios de actuación, habilidades profesionales, experiencia reflexionada y capacidad de servicio.

Este planteamiento resulta especialmente pertinente en el contexto actual. Las y los profesionales del trabajo social intervienen frente a la pobreza, las desigualdades, las violencias, la discriminación, la precariedad laboral, los conflictos familiares y comunitarios, las crisis institucionales y la vulneración de derechos. A ello se añaden las transformaciones tecnológicas y culturales, la expansión de nuevas formas de comunicación, la creciente burocratización de los servicios, la incertidumbre laboral y la presión por responder de manera inmediata a problemas que poseen raíces estructurales.

Frente a este panorama, Maritza Martínez sostiene que la formación profesional no puede limitarse al dominio técnico. Requiere desarrollar autoconocimiento, autorregulación emocional, empatía, capacidad de escucha, resiliencia, manejo de conflictos, trabajo en equipo, adaptabilidad y disposición para el aprendizaje permanente. Estas competencias no son presentadas como cualidades complementarias o accesorias, sino como dimensiones indispensables para una intervención social ética, pertinente y humanizada.

La trayectoria de la autora respalda esta preocupación. Es trabajadora social, educadora, doctora en Ciencias de la Educación, docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión e investigadora además asociada del Celats.

El libro puede entenderse, por ello, como la síntesis de una trayectoria construida entre la docencia, la investigación, la gestión social y la reflexión sobre las dificultades que encuentran las nuevas generaciones al incorporarse al ejercicio profesional.

Una propuesta para vincular conocimiento, práctica y humanidad

En el prólogo, Leticia Cáceres Cedrón destaca que el trabajo social del siglo XXI requiere superar una formación centrada únicamente en la técnica y la normativa. La complejidad de los problemas sociales exige integrar conocimientos especializados con escucha, sensibilidad, comprensión y acompañamiento.

Desde esta perspectiva, la inteligencia emocional adquiere una dimensión profesional y ética, pues permite manejar tensiones, procesar frustraciones, relacionarse respetuosamente y tomar decisiones sin perder de vista la dignidad de las personas. Por ello, la formación universitaria debe lograr que las competencias desarrolladas en el aula se traduzcan en herramientas para la práctica, la adaptación y el ejercicio responsable de la profesión.

La obra articula teoría, evidencia, experiencias docentes, investigaciones, análisis curricular y propuestas de mejora. Concibe al trabajo social como una profesión reflexiva, en la que la experiencia debe ser interpretada y transformada en aprendizaje. Su estructura combina tres propósitos: fundamentar la inteligencia emocional y las competencias profesionales, analizar las brechas entre universidad y trabajo, y proponer cambios institucionales en los procesos formativos.

En el prólogo Leticia Cáceres nos hace el siguiente recorrido:

El libro está organizado en diez capítulos que permiten transitar desde la fundamentación conceptual hasta la propuesta de implementación.

El primer capítulo contextualiza los cambios que atraviesan la educación superior y el ejercicio profesional del trabajo social. La autora sitúa la discusión en un escenario caracterizado por la incertidumbre, la transformación del empleo, las desigualdades sociales y la necesidad de responder a nuevas demandas institucionales y ciudadanas.

El segundo capítulo desarrolla los fundamentos conceptuales. Examina la evolución de la inteligencia emocional, sus principales modelos y los debates contemporáneos que la rodean. Asimismo, vincula las habilidades sociales con la formación en valores, analiza el enfoque por competencias en la educación superior y recoge los aportes de la Organización Internacional del Trabajo sobre competencias para la empleabilidad.

Uno de los méritos de este capítulo consiste en aproximar debates procedentes de la psicología, la educación y el mundo laboral al campo específico del trabajo social. La inteligencia emocional no es tratada como una fórmula motivacional, sino como una capacidad vinculada con la calidad de las relaciones profesionales, la toma de decisiones, el manejo de situaciones críticas y la construcción de respuestas respetuosas frente a personas que atraviesan experiencias de dolor, violencia, discriminación o exclusión.

El tercer capítulo aborda las experiencias y aprendizajes en la formación profesional. Allí se examinan las relaciones entre formación académica y práctica, así como las tensiones entre lo enseñado en la universidad y lo exigido en el campo laboral. La autora plantea la necesidad de revisar el currículo para acercarlo a los escenarios reales de intervención.

El cuarto capítulo examina la inteligencia emocional en acción. La autora presenta sus dimensiones y su aplicación en la práctica del trabajo social, incorporando ejemplos que evidencian su importancia. Se consideran las dificultades emocionales que pueden surgir en el contacto con personas usuarias, instituciones y equipos profesionales, así como los desafíos que enfrentan quienes intervienen permanentemente en escenarios de sufrimiento y vulnerabilidad.

En este punto, la obra contribuye a visibilizar una dimensión frecuentemente omitida: La intervención frente a la violencia, la pobreza, la enfermedad, la pérdida, la vulneración de derechos o los conflictos familiares puede producir cansancio, frustración, temor, impotencia y desgaste. Por ello, el autocuidado, la regulación emocional y el establecimiento de límites profesionales no son expresiones de individualismo, sino condiciones necesarias para sostener una práctica responsable.

El quinto capítulo se concentra en las competencias para la empleabilidad. Examina las exigencias del mundo laboral, las competencias clave promovidas por la OIT y las dificultades de inserción profesional que enfrentan las personas egresadas. La obra busca tender un puente entre la formación universitaria, el ejercicio de la profesión y las demandas institucionales.

El concepto de empleabilidad, sin embargo, es abordado desde una perspectiva que necesita conservar el horizonte ético del trabajo social. No se trata solamente de formar profesionales adaptables a las demandas del mercado, sino de preparar personas capaces de comprender críticamente las instituciones en las que trabajan, defender derechos, cuestionar prácticas discriminatorias y contribuir a transformar los contextos laborales y sociales.

El sexto capítulo constituye uno de los segmentos más valiosos de la obra porque introduce una autocrítica sobre la docencia en trabajo social. Maritza Martínez reconoce fortalezas y limitaciones de la formación universitaria y destaca el papel de las y los docentes como mediadores del desarrollo socioemocional.

El desarrollo de competencias emocionales no depende únicamente de la voluntad individual. Requiere experiencias educativas planificadas, acompañamiento tutorial, prácticas supervisadas, metodologías participativas y docentes capaces de crear espacios de diálogo, retroalimentación y reflexión.

El séptimo capítulo propicia el diálogo entre teorías y experiencias. La autora sostiene que la teoría es indispensable, pero queda incompleta cuando no es contrastada con la vida cotidiana. Del mismo modo, la experiencia necesita ser reflexionada para no quedar reducida a una sucesión de vivencias. Esta relación entre saber académico y saber construido en la práctica constituye uno de los ejes centrales del libro.

El octavo capítulo presenta los resultados de un estudio comparativo que recupera investigaciones de maestría y doctorado realizadas por la autora y las contrasta con un estudio más reciente. También examina objetivos y competencias presentes en distintos planes de estudio. Este componente aporta una perspectiva empírica, comparativa y temporal, pues permite reconocer continuidades, cambios y brechas en la formación profesional.

El noveno capítulo contiene una propuesta de implementación de un programa. Se desarrollan su fundamentación, objetivos, población, alcance, indicadores de logro, estructura operativa, metodología, talleres, estrategias de evaluación e implementación institucional. Esta sección evidencia la vocación aplicada del libro: no se limita a diagnosticar carencias, sino que propone una ruta susceptible de ser debatida, contextualizada y adaptada por universidades, instituciones públicas, organizaciones sociales y espacios laborales.

Finalmente, el décimo capítulo expone los desafíos y perspectivas de la formación y del ejercicio del trabajo social. Reúne los aprendizajes centrales e invita a pensar una educación más integral, capaz de responder a los cambios sociales y laborales sin renunciar al sentido ético y humanista de la profesión.

Presentación del libro

La presentación de la obra se realizó el 13 de junio de 2026 en el Centro Latinoamericano de Trabajo Social. La presentación estuvo a cargo de Josefa Rojas Pérez, presidenta del CELATS, quien ofreció las palabras de bienvenida y contextualizó la relevancia de la obra. Rojas, situó el libro en un contexto social y político marcado por la polarización, el discurso agresivo y las dificultades para reconocer a las otras personas como sujetos de igual dignidad. Señaló que los principales desafíos del país no son únicamente económicos o políticos, sino también humanos y sociales. La inteligencia emocional no fue presentada solamente como una competencia para mejorar el desempeño individual, sino también como una capacidad necesaria para reconstruir el diálogo, reconocer la dignidad del otro y promover una convivencia sustentada en los derechos y la igualdad de oportunidades.

Durante su intervención, Maritza Martínez explicó que el libro fue dedicado a la memoria de su esposo, quien la impulsó a estudiar e investigar. Así mismo, que la obra surgió de la docencia, las investigaciones realizadas en el marco de sus estudios de maestría y doctorado, el trabajo con estudiantes y la observación de las dificultades que enfrentan las egresadas al incorporarse al mundo laboral.

Uno de los planteamientos centrales de la exposición fue que la formación teórica y metodológica, aunque indispensable, resulta insuficiente. Las y los estudiantes necesitan aprender a autorregularse, actuar bajo presión, manejar frustraciones, responder ante agresiones, mediar en conflictos, trabajar en equipos interdisciplinarios y acompañar a poblaciones en condiciones de vulnerabilidad.

La autora insistió en que el Trabajo Social requiere un desarrollo especialmente significativo de la inteligencia emocional debido a la naturaleza relacional de su ejercicio profesional y a la complejidad de sus campos de intervención. Quienes ejercen la profesión se relacionan cotidianamente con personas afectadas por situaciones críticas y, al mismo tiempo, trabajan en instituciones con limitaciones presupuestarias, procedimientos burocráticos, sobrecarga laboral y escaso reconocimiento profesional.

El libro se dirige, por ello, a tres públicos principales, según refiere. A las y los docentes les proporciona conceptos y argumentos para mejorar los procesos de enseñanza, tutoría, acompañamiento y evaluación. A quienes se encuentran en ejercicio les ofrece criterios para comprender y manejar situaciones de tensión. A las y los estudiantes les permite anticipar algunas de las exigencias que encontrarán al transitar del aula al empleo y al ejercicio profesional.

Maritza Martínez destacó también la importancia de la resiliencia, el autocuidado, la integración entre trabajo y vida familiar, la gestión del cansancio y la construcción consciente del propio proyecto profesional. Estas dimensiones son relevantes en una profesión en la que el compromiso con los demás puede conducir, cuando no existen límites y soportes institucionales, al agotamiento y al desgaste emocional.

La presentación concluyó recuperando el sentido de El placer de servir, de Gabriela Mistral. Esta referencia sintetiza la orientación humanista de la obra: servir implica escuchar, comprender y contribuir a dignificar la vida. La formación profesional alcanza su propósito cuando el conocimiento se convierte en experiencia, la experiencia en criterio y el criterio en servicio humano.

Comentarios de los presentes

Al culminar la disertación de la ponente, se formularon diversos comentarios, cuyos principales aportes se resumen e integran a continuación.

En la actualidad, la inteligencia emocional suele ser valorada desde una lógica predominantemente individualista e instrumental. Con frecuencia se la presenta como una herramienta para influir, negociar, vender, liderar, alcanzar ventajas competitivas o incrementar la productividad. Llevada al extremo, esta comprensión puede convertir el conocimiento de las emociones ajenas en un recurso para persuadir, controlar o manipular a las personas. Frente a esta tendencia, la perspectiva desarrollada en el libro adquiere especial relevancia, pues propone situar la inteligencia emocional dentro de un horizonte ético sustentado en la empatía y en la responsabilidad hacia los demás. Las emociones propias no pueden constituirse en el centro absoluto desde el cual se interpreta toda relación; es necesario reconocer que las otras personas también sienten, padecen, esperan, temen y construyen significados. Toda relación profesional implica, por tanto, una responsabilidad frente al otro. Comprender el funcionamiento y la expresión de las emociones no debe ser una oportunidad para dominar o manipular, sino una capacidad orientada a respetar, acompañar, cuidar y contribuir al bienestar y la autonomía de las personas.

Con frecuencia, los planes de estudio privilegian contenidos teóricos, metodológicos y normativos, mientras las capacidades para manejar emociones, tensiones, relaciones y conflictos son tratadas de manera fragmentaria o se supone que se desarrollarán espontáneamente durante las prácticas. La obra cuestiona esta separación. La inteligencia emocional no se aprende únicamente mediante definiciones. Requiere experiencias educativas, acompañamiento, práctica, evaluación formativa y reflexión. En consecuencia, su incorporación demanda cambios curriculares y metodológicos, así como políticas institucionales que reconozcan el bienestar socioemocional como parte de la calidad educativa.

La relación entre inteligencia emocional y empleabilidad debe analizarse con cautela. Existe el riesgo de responsabilizar exclusivamente a cada profesional de su capacidad para adaptarse, autorregularse o ser resiliente, invisibilizando condiciones estructurales como la precariedad laboral, la sobrecarga, la discriminación, la violencia institucional, la falta de recursos y la desvalorización salarial.

Las competencias emocionales no deben orientarse a soportar indefinidamente condiciones injustas, sino también a reconocer el malestar, establecer límites, construir solidaridades profesionales, defender derechos y promover cambios institucionales. Del mismo modo, la resiliencia debe relacionarse no solo con la adaptación individual, sino con la capacidad colectiva de cuestionar y transformar las condiciones que producen exclusión, sufrimiento y desgaste.

Una futura profundización de la propuesta podría incorporar con mayor amplitud estas dimensiones estructurales, así como los enfoques de género, interculturalidad, derechos humanos y cuidado. También sería valioso analizar de manera diferenciada cómo se expresan las demandas emocionales en campos como salud, educación, justicia, violencia de género, protección de la niñez, gestión pública, trabajo comunitario y atención de emergencias.

Conclusiones

  1. Del aula a la vida constituye un aporte relevante para la formación contemporánea en Trabajo Social, al sostener que el dominio teórico, metodológico y normativo debe complementarse con competencias socioemocionales que permitan afrontar conflictos, tensiones, frustraciones y escenarios de intervención cada vez más complejos.
  2. La inteligencia emocional adquiere en la obra una dimensión profesional, ética y relacional. Su desarrollo debe orientarse al reconocimiento de la dignidad de las personas, la empatía, la escucha, el autocuidado y la responsabilidad frente al otro, evitando reducirla a una herramienta individualista de adaptación, competitividad o productividad.
  3. El libro interpela tanto a docentes y estudiantes como a las instituciones universitarias, al proponer cambios curriculares, metodológicos y programáticos que articulen el aula, la práctica y la vida profesional. Su principal desafío consiste en promover competencias emocionales sin desvincularlas de las condiciones laborales, institucionales y estructurales que afectan el ejercicio del Trabajo Social.

Referencia:

Título: Del aula a la vida: inteligencia emocional y competencias para el Trabajo Social del siglo XXI
Autora: Maritza Isabel Martínez Loli
Prólogo de Leticia Cáceres Cedrón
Publicada en marzo de 2026.

Articulo: Martinez, Gutierrez, Morales y Caro (2026) Inteligencia emocional vinculadas a las competencias para la empleabilidad. Revista PRISMA, (52)399-415

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