SEMINARIO INTERNACIONAL: TRABAJO SOCIAL EN LATINOAMÉRICA: TENDENCIAS, INTERVENCIÓN Y DERECHOS

Reseña de evento

1. Participantes

  • Lic. Josefa Rojas Pérez, Mgs., presidenta del Centro Latinoamericano de Trabajo Social (CELATS).
  • Lic. Paola Mejía Ospina, PhD., docente investigadora de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.
  • Dra. Elizabeth Salcedo Lobatón, asociada del Centro Latinoamericano de Trabajo Social (CELATS).
  • Lic. Christopher Muñoz Sánchez, Mtr., docente investigador de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.
  • Mg. Blanca Mahr Zacarías, docente de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.
  • Lic. Lourdes Mendieta Lucas, Mgs., docente investigadora de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.
  • Mg. Teresa Viviano Llave, asociada del Centro Latinoamericano de Trabajo Social (CELATS)

2. Palabras clave

Trabajo Social; formación profesional; intervención social; derechos sociolaborales; transformaciones tecnológicas; salud mental laboral; riesgos psicosociales; trabajo de cuidados; sistema de cuidados, género; corresponsabilidad social; equidad laboral; América Latina.

3. Contexto del evento

El Seminario Internacional “Trabajo Social en Latinoamérica: formación, intervención y derechos” se realizó el viernes 24 de julio de 2026. La actividad fue promovida conjuntamente por el Centro Latinoamericano de Trabajo Social (CELATS), la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, la Maestría en Trabajo Social con mención en Gestión Social Laboral y el Grupo de Investigación de Trabajo Social y Problemáticas Sociales (SUYAY).

  1. Contenido

El contenido del seminario se organizó alrededor de cuatro grandes núcleos de reflexión:

  • Las tendencias emergentes del mundo del trabajo en América Latina.
  • Las transformaciones tecnológicas y la inteligencia artificial en la formación profesional.
  • La salud mental y los riesgos psicosociales en los espacios laborales.
  • La relación entre género, cuidados, corresponsabilidad y equidad sociolaboral.
    1. Desafíos emergentes para el Trabajo Social en América Latina en la próxima década

Mg. Josefa Rojas Pérez – Perú

La ponencia central propuso una lectura prospectiva de las principales transformaciones que podrían incidir en el ejercicio del trabajo social latinoamericano durante la próxima década. La exposición se inscribió en el proceso de actualización del Plan Estratégico Institucional del CELATS y en una iniciativa regional orientada a analizar cómo la profesión está respondiendo a los dilemas contemporáneos.

Como punto de partida, la ponente comparó algunos indicadores demográficos, sociales y económicos de América Latina entre los años 2000 y 2026. Destacó el incremento sostenido de la urbanización, la reducción de la fecundidad, el aumento de la esperanza de vida y la persistencia —e incluso profundización— de la informalidad económica. A estos procesos añadió la expansión del internet, las redes sociales y la inteligencia artificial, entendidas como fuerzas transversales que están transformando la producción y circulación de la información, las relaciones sociales y el mundo del trabajo.

A partir de esta línea de base, identificó cuatro tendencias estructurales. La primera corresponde a la creciente densificación urbana y al envejecimiento acelerado de la población. La combinación de una mayor esperanza de vida con una disminución de la fecundidad tendrá repercusiones en los sistemas de salud, pensiones, empleo y cuidados de larga duración, además de modificar las relaciones entre las generaciones que ingresan y permanecen en el mercado laboral.

La segunda tendencia articula el incremento de la informalidad, el crecimiento de las economías ilegales, la corrupción, el debilitamiento institucional y la desconfianza ciudadana. Estos fenómenos están generando territorios inseguros y espacios en los que la presencia estatal resulta insuficiente. La situación adquiere también una dimensión política cuando la inseguridad es utilizada en los procesos electorales para justificar respuestas rápidas, punitivas o autoritarias.

La tercera tendencia se relaciona con la movilidad humana intrarregional, asociada tanto con las crisis económicas y políticas como con los desastres, los riesgos climáticos y la pérdida de ecosistemas. Rojas advirtió que la migración está siendo instrumentalizada mediante discursos de odio y procesos de estigmatización que vinculan indebidamente movilidad humana y criminalidad. Esta asociación, denominada “crimigración”, fortalece la polarización y puede legitimar medidas restrictivas y contrarias a los derechos humanos.

La cuarta tendencia se refiere al crecimiento de la inteligencia artificial en un mercado laboral regional caracterizado por altos niveles de informalidad. En este contexto podría producirse una dualización del trabajo: mientras los sectores altamente calificados aprovecharían las ventajas de las nuevas tecnologías, una proporción significativa de trabajadores informales quedaría excluida de sus beneficios. Esta brecha plantea desafíos para los sistemas educativos, las políticas de empleo y la regulación de tecnologías cuyo alcance supera, en muchos casos, las capacidades de respuesta de los Estados nacionales.

En el ámbito político, Rojas destacó la intensificación de la polarización, el surgimiento de liderazgos autoritarios y personalizados, el cuestionamiento de las instituciones democráticas y la difusión de discursos contrarios a derechos ya reconocidos. También señaló el retorno explícito de la política de seguridad de los Estados Unidos hacia América Latina y la creciente disputa geopolítica con China en la región.

La exposición concluyó con preguntas dirigidas a la profesión: cómo territorializar estas tendencias, qué políticas sociales serán necesarias para afrontar las transiciones demográfica, tecnológica, climática, institucional y política sin profundizar las desigualdades, y qué papel puede desempeñar el Trabajo Social en la recuperación de la cohesión social y de la confianza ciudadana. Asimismo, planteó la necesidad de transformar la formación, la investigación y la incidencia profesional para responder anticipadamente a los escenarios emergentes.

4.2. Transformaciones tecnológicas e inteligencia artificial: implicaciones para la formación en Trabajo Social

Dra. Paola Mejía Ospina – Colombia

La ponencia abordó las transformaciones que las tecnologías digitales y la inteligencia artificial están produciendo en la formación y en el ejercicio profesional del trabajo social. La expositora sostuvo que la tecnología ha dejado de ser un componente accesorio para convertirse en un entorno sociotécnico que atraviesa la vida cotidiana, las relaciones afectivas, la producción, el trabajo, la educación y las formas de organización social.

Desde esta perspectiva, la incorporación de la inteligencia artificial representa una oportunidad para repensar el perfil de egreso y las competencias profesionales. Los roles históricos del trabajo social —educación social, gestión, intervención comunitaria, investigación y formulación de proyectos— no desaparecen, pero deben ejercerse en nuevos escenarios. Así, la educación social también deberá desarrollarse en entornos digitales; la intervención comunitaria deberá incorporar la gestión de comunidades virtuales; y la producción tradicional de información tendrá que evolucionar hacia la gestión, interpretación y uso estratégico de datos sociales.

Mejía destacó la necesidad de desarrollar competencias multidimensionales y procesos de multialfabetización que permitan comprender lenguajes escritos, visuales, digitales y algorítmicos. Estas capacidades deben ir acompañadas del juicio crítico propio de la profesión. La inteligencia artificial puede procesar grandes volúmenes de información y realizar análisis predictivos, pero corresponde al trabajo social contextualizar los datos, relacionarlos con las experiencias de las personas y dotarlos de sentido territorial. Por ello, propuso articular el análisis de grandes bases de datos con el conocimiento situado de las realidades locales.

En el campo laboral, reconoció que la inteligencia artificial puede contribuir a reducir la carga administrativa y burocrática que limita el tiempo disponible para la intervención directa. Esta posibilidad permitiría que las y los profesionales concentren mayores esfuerzos en la escucha, la empatía, el acompañamiento y la construcción del vínculo con las personas usuarias. Sin embargo, advirtió el riesgo de que la búsqueda de eficiencia conduzca a una tecnocratización del trabajo social y convierta al profesional en un operador de sistemas algorítmicos carentes de discernimiento ético y político.

También analizó las nuevas modalidades de intervención remota, como la teleasistencia, la orientación mediante chats, el registro digital y el empleo de asistentes virtuales para la atención primaria. Estas herramientas pueden ampliar la cobertura de los servicios, siempre que no sustituyan el vínculo humano ni despersonalicen la intervención.

Uno de los principales desafíos identificados fue la vigilancia ética de los algoritmos. Los sistemas automatizados utilizados para clasificar situaciones socioeconómicas o determinar el acceso a prestaciones pueden reproducir sesgos, reducir la complejidad de las personas a un dato y profundizar desigualdades de género, edad, territorio o condición social. Por ello, el Trabajo Social debe participar en el diseño, evaluación y supervisión de estos sistemas.

Mejía distinguió tres niveles de brecha digital: la falta de conectividad y dispositivos; la insuficiencia de habilidades para utilizar las tecnologías; y la limitada capacidad de las personas para apropiarse de estas herramientas, ejercer sus derechos digitales y utilizarlas para su empoderamiento. Frente a ello, las universidades deben impulsar reformas curriculares, innovación pedagógica, alfabetización docente, ética digital y diseño universal para el aprendizaje.

Como experiencias concretas, presentó iniciativas de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, entre ellas VioIA, orientada a apoyar la intervención en situaciones de violencia; SIARE, sistema de inteligencia artificial para identificar riesgos de deserción y favorecer la retención estudiantil; y CercanIA, dirigido al acercamiento de estas tecnologías a distintos grupos poblacionales. Estas experiencias muestran que la inteligencia artificial no constituye un campo exclusivo de las profesiones informáticas y que las trabajadoras sociales pueden liderar procesos de innovación desde una perspectiva humanista, ética e inclusiva.

4.3. Transformación digital y transformación social: retos para la vigencia del Trabajo Social

Dra. Elizabeth Salcedo Lobatón – Perú

La ponente sostuvo que la transformación tecnológica no debe ser interpretada únicamente como la incorporación de nuevas herramientas, plataformas o dispositivos sino que se trata de una transformación social que está modificando la manera de trabajar, producir conocimiento, relacionarse, participar y acceder a los servicios públicos. La tecnología atraviesa actualmente todos los problemas sociales y, por tanto, no constituye un campo externo al trabajo social.

La exposición diferenció la innovación tecnológica de los procesos de adopción y apropiación social. Una herramienta puede estar disponible, pero ello no significa que todas las personas puedan comprenderla, utilizarla y convertirla en parte de sus prácticas cotidianas. Estas diferencias dependen de las oportunidades educativas, las condiciones económicas, la edad, el territorio, la conectividad y los acompañamientos institucionales disponibles.

La digitalización está generando una barrera invisible entre quienes cuentan con dispositivos, conexión de alta velocidad y competencias digitales y quienes permanecen excluidos de esos recursos. Esta brecha no es solamente técnica, sino una expresión contemporánea de las desigualdades sociales y económicas. Además, la creciente utilización de algoritmos para decidir quién accede a un padrón, un servicio o una prestación social plantea riesgos para los derechos ciudadanos y concentra poder en quienes administran los datos.

Salcedo afirmó que el futuro del trabajo social ya comenzó. La inteligencia artificial participa actualmente en la elaboración de diagnósticos, en la definición de vulnerabilidades, en la organización de los servicios y en la relación de la ciudadanía con el Estado. Por consiguiente, la preocupación no debería centrarse exclusivamente en preparar a los futuros egresados, sino también en actualizar a quienes ya se encuentran ejerciendo la profesión.

Para ilustrar estas dificultades, presentó la experiencia del Sistema de Justicia de Paz —SISJUPAZ—, implementado con jueces de paz en territorios rurales. La entrega de tabletas y una capacitación operativa no garantizó el funcionamiento del sistema, debido a que no se consideraron suficientemente la edad de los operadores, sus actividades productivas, las barreras lingüísticas, el temor frente a la tecnología y la necesidad de un acompañamiento institucional sostenido. El caso mostró que la transformación digital requiere conocer a las personas, sus contextos y sus procesos de aprendizaje, aspectos en los que el trabajo social posee una contribución especializada.

La expositora señaló además que la profesión no debe esperar a ser convocada a los espacios tecnológicos. El conocimiento del territorio, la educación social, la mediación, la perspectiva de derechos y la comprensión de la diversidad permiten intervenir en campos que aún no pertenecen exclusivamente a ninguna disciplina. Dejar vacíos estos espacios significaría permitir que las tecnologías sean diseñadas sin una adecuada consideración de las personas y de las desigualdades que las atraviesan. Aunque el trabajo social cuenta con capacidades históricas para interpretar contextos, relacionarse con las poblaciones y defender derechos, estas ya no resultan suficientes por sí solas. Deben ampliarse mediante competencias para desenvolverse en entornos digitales, gestionar información y datos, intervenir virtualmente, promover la inclusión digital, innovar y participar en la toma de decisiones.

Finalmente, sostuvo que no bastará con incorporar una asignatura adicional sobre tecnología. La transformación debe ser transversal al perfil de egreso, el currículo, las metodologías, las prácticas profesionales y la formación docente. Asimismo, el aprendizaje deberá continuar a lo largo de toda la vida y comprometer a universidades, colegios profesionales, gremios, organizaciones empleadoras y profesionales. El reto no consiste únicamente en adaptarse al cambio tecnológico, sino en participar en su construcción para garantizar que contribuya a la inclusión, los derechos y la justicia social.

4.4. Salud mental y riesgos psicosociales en el trabajo contemporáneo

Dr. Christopher Muñoz Sánchez – Ecuador

La ponencia abordó la protección de la salud mental de las personas trabajadoras desde una perspectiva integrada de derechos humanos, bienestar y salud sociolaboral, diversidad, equidad e inclusión. Su interrogante central fue cómo puede contribuir el trabajo social a prevenir y gestionar los riesgos psicosociales derivados de las nuevas formas de organización laboral.

Muñoz destacó que la salud mental ha dejado de ser un problema exclusivamente individual o clínico para convertirse en un asunto de salud pública y de sostenibilidad organizacional. El estrés, la ansiedad, la depresión y otras afectaciones se relacionan con las condiciones de empleo, la inseguridad económica, la falta de protección social, las violencias laborales y las dificultades para conciliar el trabajo con la vida personal y familiar.

Asimismo, explicó que los gastos generados por las enfermedades pueden empobrecer a las familias y producir estrés financiero, endeudamiento e inseguridad económica. La salud laboral debe analizarse, por tanto, en conexión con las condiciones de vida, el acceso a los servicios sanitarios y los sistemas de protección social.

La exposición resaltó que los riesgos no afectan a todas las personas de la misma manera. El género, la edad, el tipo de empleo, la estabilidad laboral, la discriminación y la cobertura social determinan distintos niveles de vulnerabilidad. Las mujeres enfrentan cargas relacionadas con la doble jornada, el trabajo de cuidados, las violencias y la dificultad para conciliar responsabilidades; mientras que los hombres jóvenes pueden experimentar riesgos específicos en sectores laborales altamente masculinizados y frente a la presión por alcanzar independencia económica y estabilidad.

Entre las transformaciones contemporáneas que incrementan los riesgos psicosociales mencionó la hiperconectividad, la fatiga digital, la dificultad para desconectarse, la automatización, la incertidumbre frente a la inteligencia artificial, el trabajo mediante plataformas, el empleo temporal, el teletrabajo y las nuevas modalidades contractuales. Aunque estos cambios pueden elevar la productividad y flexibilizar determinadas tareas, también pueden producir aislamiento, precariedad, vigilancia, sobrecarga e inseguridad sobre el futuro laboral.

Muñoz subrayó que los riesgos psicosociales no dependen solamente de la capacidad individual para afrontar las dificultades. También se encuentran determinados por el diseño del puesto, la distribución de las tareas, el nivel de autonomía, la organización del trabajo, los estilos de liderazgo y las políticas institucionales. Por ello, las respuestas no deben reducirse a talleres de motivación, resiliencia o manejo del estrés; es necesario transformar las condiciones organizacionales que producen el malestar.

Como tesis central, planteó que el trabajo social constituye una disciplina integradora dentro de la gestión del talento humano, debido a su capacidad para articular conocimientos sobre comportamiento humano, derechos, ciencias sociales, salud y gestión organizacional. Su aporte diferenciador reside en vincular la prevención y atención de los riesgos psicosociales con una mirada sobre la persona, la familia, la organización y el entorno social. Cuidar a quienes trabajan requiere, en consecuencia, intervenciones que combinen derechos humanos, bienestar sociolaboral y reconocimiento de la diversidad.

4.5. Prevención de los riesgos psicosociales y papel del Trabajo Social en las organizaciones

Mg. Blanca Mahr Zacarías – Perú

A partir de su experiencia profesional en salud mental, la ponente explicó que los problemas laborales repercuten en la vida familiar y que, de manera recíproca, las condiciones familiares y sociales pueden influir en el desempeño y bienestar de las personas trabajadoras. El agotamiento, los conflictos económicos, la ausencia prolongada de madres o padres y el estrés acumulado pueden afectar las relaciones familiares y la salud emocional de sus integrantes.

La exposición de Mahr revisó algunos cambios históricos del trabajo y se concentró en los riesgos derivados de las modalidades contemporáneas. Entre ellos identificó la sobrecarga, las metas excesivas, la inseguridad laboral, las relaciones conflictivas, el acoso, la discriminación, la presión tecnológica y el teletrabajo deficientemente gestionado. En este último caso, la pérdida de límites entre el hogar y el empleo puede ampliar las jornadas, particularmente para las mujeres que desarrollan simultáneamente actividades remuneradas y de cuidado.

La ponente diferenció los factores de riesgo psicosocial de sus consecuencias. Las demandas excesivas, la falta de autonomía, los estilos inadecuados de liderazgo o las relaciones deterioradas constituyen condiciones que pueden desencadenar estrés, agotamiento, ansiedad, depresión y problemas psicosomáticos. Estas afectaciones también repercuten en las organizaciones mediante el ausentismo, las licencias médicas, la rotación, la disminución del compromiso y la pérdida de productividad.

Para explicar estos procesos, se refirió a perspectivas como la teoría del estrés, el modelo de demanda y control, el modelo de vulnerabilidad y estrés, y la teoría del apoyo social. Esta última resulta especialmente relevante para el trabajo Social porque muestra que las redes y relaciones interpersonales pueden funcionar como factores protectores frente a las situaciones adversas.

La ponente resaltó la existencia de disposiciones orientadas a proteger la salud mental en el trabajo y defendió la importancia de recuperar y fortalecer la presencia profesional del trabajo social en las empresas. Sostuvo que su intervención debe ser fundamentalmente preventiva y diagnóstica, identificando tempranamente dificultades en las relaciones laborales, condiciones de sobrecarga y factores externos, como los tiempos de traslado, las responsabilidades familiares y los problemas económicos.

Entre las funciones profesionales destacó el acompañamiento durante la reincorporación después de una licencia médica, la sensibilización de las jefaturas, la educación social, la capacitación en habilidades interpersonales, el fortalecimiento de la empatía y la escucha, y la promoción de políticas internas más flexibles. También mencionó la importancia de las pausas activas y de actividades que fortalezcan los vínculos y el tejido social dentro de las organizaciones.

Como conclusión, señaló que la salud mental no debe ser tratada como un asunto privado de cada trabajador, sino como una responsabilidad organizacional.

4.6. Cuidados y equidad: ¿quién sostiene el bienestar sociolaboral?

Mg. Lourdes Mendieta Lucas – Ecuador

La ponencia partió de una interrogante fundamental: quién sostiene realmente la economía y el bienestar cotidiano. Mientras los indicadores económicos miden la producción, el empleo y las exportaciones, suelen invisibilizar el trabajo de quienes cocinan, limpian, cuidan a niñas y niños, atienden a personas mayores o acompañan a familiares enfermos.

La expositora planteó que la economía productiva depende de la economía reproductiva. Las empresas y los mercados pueden funcionar porque existe un conjunto de actividades que alimentan, forman, protegen y reproducen diariamente la vida y la fuerza de trabajo. Sin embargo, gran parte de esta labor se realiza sin remuneración y recae principalmente sobre las mujeres.

Esta organización produce la paradoja del “trabajador ideal”: el mercado espera una persona disponible de manera permanente para el empleo, pero ignora quién garantiza sus cuidados y resuelve sus necesidades cotidianas. Detrás de esa disponibilidad suele encontrarse otra persona —generalmente una mujer— que asume las tareas domésticas y familiares. Por ello, cuando un hombre participa en estas actividades no debería afirmarse que “ayuda”, pues se trata de responsabilidades compartidas.

Mendieta examinó la pobreza de tiempo generada por las dobles y triples jornadas. Muchas mujeres combinan el trabajo remunerado con la atención del hogar, el cuidado de familiares y la gestión cotidiana de las necesidades domésticas, reduciendo sus posibilidades de descanso y autocuidado. La sociedad necesita la reproducción y el cuidado, pero penaliza laboralmente a quienes los proporcionan mediante menores oportunidades de contratación, remuneración y promoción.

La pandemia hizo visible una crisis que ya existía. El cierre de escuelas, servicios y espacios de cuidado trasladó nuevamente estas responsabilidades a los hogares y, dentro de ellos, principalmente a las mujeres. Esta situación mostró que la organización social del cuidado funcionaba al límite y dependía de una disponibilidad femenina considerada erróneamente como natural e inagotable.

Frente a ello, la expositora planteó la triple dimensión del derecho al cuidado: el derecho a cuidar, a recibir cuidados y a cuidarse a sí mismo. La corresponsabilidad debe involucrar al Estado, el mercado, la comunidad y las familias. El Estado debe garantizar servicios y protección social; las empresas deben facilitar la conciliación laboral y familiar; los hogares deben promover una distribución equitativa de responsabilidades; y las comunidades deben participar en la construcción de redes de apoyo.

La inversión en cuidados fue presentada como un factor de desarrollo que puede generar empleo, mejorar la salud y la educación, elevar la productividad y reducir las desigualdades. En consecuencia, cuidar no es un gasto ni un problema privado de las familias, sino un derecho humano, una responsabilidad colectiva y una decisión política. La exposición concluyó proponiendo que, además de preguntarnos cómo hacer crecer la economía, debemos interrogarnos sobre cómo hacer crecer y sostener la vida.

4.1.7. Maternizar la sociedad y desmaternizar a las mujeres: una respuesta al colapso de los cuidados

Mg. Teresa Viviano Llave – Perú

La ponencia analizó la desigual distribución del trabajo de cuidados en el Perú y propuso comprender la situación actual como un colapso de un modelo que ha descansado históricamente sobre la disponibilidad gratuita del tiempo de las mujeres. Según los datos expuestos de la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, las mujeres dedican diariamente muchas más horas que los hombres al trabajo familiar no remunerado. Esta desigualdad se intensifica cuando ellas también estudian, desarrollan actividades productivas o atienden simultáneamente a hijas, hijos y personas mayores.

La expositora relacionó esta sobrecarga con el riesgo de desprotección de niñas, niños y adolescentes. El problema no radica únicamente en la voluntad o capacidad individual de las cuidadoras, sino en un sistema que continúa delegando en las madres, abuelas, hermanas y tías responsabilidades que deberían distribuirse socialmente, en un contexto donde cada vez más las mujeres se incorporar al mundo del trabajo remunerado.

También examinó la realidad de las pequeñas y microempresas familiares, en las que se articulan producción, trabajo doméstico y cuidado. En estos espacios, muchas mujeres participan de manera activa, pero no acceden a seguridad social, pensiones ni prestaciones económicas, debido a que su contribución continúa siendo considerada apoyo familiar y no trabajo. De este modo, el cuidado sostiene la productividad sin generar derechos para quienes lo realizan.

A partir del pensamiento de Marcela Lagarde, la ponente retomó la propuesta de “maternizar la sociedad”, entendida como la incorporación colectiva de los principios que sostienen la vida: proteger, nutrir, acompañar y cuidar. Maternizar la sociedad no significa atribuir estas funciones a todas las mujeres, sino convertir el cuidado en responsabilidad del Estado, las empresas, las comunidades, los hombres y el conjunto de las instituciones.

De manera complementaria, propuso “desmaternizar a las mujeres”, es decir, liberarlas de la obligación exclusiva de cuidar. La identidad y el proyecto de vida de una mujer no deben quedar subordinados a su disponibilidad permanente para atender a otras personas. Las mujeres tienen derecho al descanso, al autocuidado, a su propio tiempo, a su desarrollo profesional y a mantener su autonomía.

La ponencia explicó que el acceso femenino al empleo remunerado ha favorecido la autonomía económica, pero no necesariamente la autonomía sobre el tiempo. Muchas mujeres continúan combinando las exigencias productivas con la responsabilidad casi exclusiva del hogar, situación que Lagarde denomina “sincretismo de género”. Esta doble pertenencia puede provocar agotamiento, deterioro de la salud, abandono del empleo y limitaciones para asumir cargos de dirección, configurando un techo de cristal estrechamente vinculado con los cuidados.

La expositora planteó la necesidad de reconocer social y económicamente a quienes cuidan mediante acceso a salud, pensiones, prestaciones de relevo y servicios de apoyo. Asimismo, propuso explorar políticas públicas que subsidien parcialmente los servicios de cuidado o la contratación formal de trabajadoras del hogar, de modo que las familias puedan acceder a estos apoyos y, al mismo tiempo, garantizar los derechos laborales de quienes los brindan.

Desde el trabajo social, llamó a promover cambios estructurales, normativos y culturales a través de la incidencia en políticas, la articulación comunitaria y el trabajo con instituciones y empresas. El agotamiento de las cuidadoras no debe interpretarse como una falla individual. Cuando aparecen situaciones de negligencia o desprotección, es necesario analizar las condiciones de saturación, soledad y falta de soporte que afectan a las mujeres.

Viviano complementó con una experiencia personal de cuidado, mediante la cual mostró que incluso las mujeres que cuentan con apoyo familiar y laboral pueden enfrentar un agotamiento profundo cuando las instituciones continúan suponiendo que las madres disponen de tiempo ilimitado. Reconocer y nombrar este colapso constituye un primer paso para transformar las políticas y avanzar hacia una sociedad que sostenga colectivamente la vida sin exigir que las mujeres renuncien a sí mismas.

6. Conclusiones

  1. El Trabajo Social latinoamericano enfrenta una transformación multidimensional que exige una respuesta prospectiva y no solamente reactiva. Los cambios demográficos, el envejecimiento de la población, la urbanización, las migraciones, la crisis climática, la expansión de las economías informales e ilegales, la polarización política y el avance de la inteligencia artificial están ocurriendo de manera simultánea. Estos procesos pueden profundizar las desigualdades existentes si no son acompañados por políticas sociales integrales, sistemas de protección fortalecidos y una intervención profesional capaz de anticipar riesgos y construir respuestas desde los territorios.
  2. La transformación tecnológica debe comprenderse como una transformación social, política y cultural. La digitalización y la inteligencia artificial no se limitan a introducir nuevas herramientas en el trabajo profesional, sino que modifican las relaciones sociales, la producción del conocimiento, el acceso a los servicios públicos y las formas en que se toman decisiones sobre las personas. Los algoritmos pueden facilitar diagnósticos y agilizar procesos, pero también reproducir sesgos, deshumanizar la información y excluir a quienes carecen de conectividad, dispositivos o competencias digitales. Por ello, el Trabajo Social debe intervenir activamente en el diseño, la implementación y la vigilancia ética de las tecnologías utilizadas en las políticas y servicios sociales.
  3. La formación profesional necesita una renovación transversal y permanente. No resulta suficiente incorporar una asignatura sobre inteligencia artificial o herramientas digitales. Es necesario revisar los perfiles de egreso, los currículos, las metodologías de enseñanza, las prácticas preprofesionales y la preparación de los equipos docentes. Las competencias digitales deben integrarse con las capacidades históricas de la profesión: lectura crítica de la realidad, conocimiento del territorio, vínculo con las personas, mediación, educación social y defensa de derechos. Esta formación debe extenderse a lo largo de toda la vida profesional y comprometer a universidades, colegios profesionales, gremios, instituciones empleadoras y a las propias trabajadoras y trabajadores sociales.
  4. La salud mental de las personas trabajadoras constituye un problema público y organizacional, no una responsabilidad exclusivamente individual. El estrés, el agotamiento, la ansiedad, la depresión, el acoso, la inseguridad laboral y la fatiga digital están vinculados con la organización del trabajo, las condiciones contractuales, los estilos de liderazgo y las dificultades para conciliar la vida laboral, familiar y personal. En consecuencia, las respuestas institucionales no deben reducirse a recomendaciones de autocuidado, resiliencia o manejo individual del estrés, sino que deben modificar las condiciones que producen el malestar, fortalecer la protección social y garantizar ambientes laborales seguros, inclusivos y respetuosos de los derechos.
  5. La economía productiva depende de un trabajo de cuidados que permanece insuficientemente reconocido y distribuido. El funcionamiento de los mercados, las empresas y las instituciones es posible porque, principalmente en los hogares, alguien alimenta, limpia, acompaña, educa y atiende a quienes trabajan, estudian, enferman o envejecen. Estas labores continúan recayendo mayoritariamente sobre las mujeres, generando pobreza de tiempo, sobrecarga, afectaciones a la salud y limitaciones para su autonomía económica y profesional. La equidad sociolaboral exige reconocer que cuidar, recibir cuidados y cuidarse son derechos que deben ser garantizados mediante la corresponsabilidad del Estado, las familias, las empresas, los hombres y las comunidades.
  6. Maternizar la sociedad implica extender al conjunto de las instituciones la responsabilidad de proteger, sostener y acompañar la vida; desmaternizar a las mujeres significa liberarlas de la obligación exclusiva y permanente de cuidar. Esta transformación requiere servicios públicos de cuidado, medidas de conciliación laboral, seguridad social para quienes realizan trabajo familiar no remunerado, licencias corresponsables, prestaciones de relevo y políticas que reconozcan económica y socialmente el aporte de las personas cuidadoras.
  7. El Trabajo Social posee una posición estratégica para humanizar las transformaciones contemporáneas. Su experiencia en el conocimiento situado, la relación con las poblaciones, la comprensión de las instituciones, la gestión de redes y la defensa de derechos le permite conectar los grandes cambios tecnológicos y económicos con sus efectos concretos en la vida cotidiana. Sin embargo, para conservar su relevancia, la profesión debe abandonar una posición de observación pasiva e ingresar en los espacios donde se diseñan tecnologías, se formulan políticas, se organizan los servicios y se toman decisiones sobre el futuro del trabajo.
  8. El intercambio entre universidades, centros de investigación, organizaciones profesionales y espacios como el CELATS permite comparar experiencias, producir conocimiento regional, fortalecer capacidades y construir agendas comunes sobre tecnología, salud laboral, cuidados, formación y derechos. El seminario evidenció la necesidad de sostener estas redes y convertir las reflexiones compartidas en investigaciones, propuestas curriculares, instrumentos de intervención e iniciativas de incidencia política.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

1 × 5 =