Trabajo social humanitario en la guerra: Antecedentes históricos de la Primera y Segunda Guerra Mundial

Investigación México

Autor:

Juan Antonio Vega Báez, mexicano, es Licenciado en Trabajo Social, Especialista en Derechos Humanos y Maestro en Estudios Latinoamericanos (2010), por la Universidad Nacional Autónoma de México; es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma UNAM; cuenta con 30 años de experiencia profesional en distintas esferas del trabajo social humanitario y en derechos humanos; ha sido consultor en México de distintas asociaciones y redes internacionales: FIACAT, Redress, World Vision, MSF, entre otras. Autor de diversas publicaciones: https://www.politicas.unam.mx/cedulas/asig_prof/prof154144.pdf

Contacto: juanvega@politicas.unam.mx

Resumen:

Este texto forma parte de una investigación doctoral que se centra en los fundamentos históricos del trabajo social humanitario y los derechos humanos. Basándose en fuentes hemerográficas y archivos de México, Europa y Norteamérica de la primera mitad del siglo XX, y utilizando una metodología comparada, se apoya en los indicadores humanitarios propuestos por Zaniewski. Se aborda la intervención del trabajo social en contextos de guerra y crisis humanitarias en países como Francia, México, Bélgica, EE. UU. y Chile. Resalta la evolución del trabajo social de un enfoque asistencial-individual, reactivo y centrado en la salud y emergencias durante la Primera Guerra Mundial, a una estrategia más planificada y estratégica que prioriza la vida y la seguridad de los grupos afectados en la Segunda Guerra Mundial donde diversos actores sociales europeos y mexicanos vinculados a una naciente Trabajo Social buscan además resolver problemas de detención, discriminación y exterminio.

Palabras clave:

Trabajo social humanitario, historia del trabajo social, guerra y crisis humanitarias, conflictos y prácticas sociales, Marthe Marie Jacquemont, Josephine Getting, Marcelle Bidault, Madeleine Delbrêl, Isabelle Cremier, Chloe Owings, Cruz Roja.

1. Introducción

El trabajo social en contextos de conflictos armados, crisis humanitarias y emancipación decolonial es un capítulo casi olvidado de la historia de las intervenciones sociales en América Latina. El tema es vigente ante las nuevas y viejas conflictividades de origen antropogénico, cuando se cumple un siglo de existencia del trabajo social y de los modelos de barbarie moderna.

En dos años han estallado dos conflictos internacionales que han cimbrado las relaciones internacionales y a las disciplinas sociales comprometidas con la construcción del tejido social, como el trabajo social. Europa ve huir a millones de familias ucranianas. Y en Palestina, la población está indefensa ante bombardeos, incluso contra hospitales, escuelas y refugios.

La violencia armada contemporánea y el trabajo social cumplieron más de un siglo. Fue en la Primera Guerra mundial, donde la industria de las armas generó por primera vez impactos mortales generalizados que incluyeron a población civil. Ahí surgió el concepto de “guerra total” que incluye impactos físicos, psicológicos y sociales, como los vemos ahora en Ucrania y Palestina (Rodrigo 2014: 29-30).

Recientemente, la IFSW-Europe (2020) organizó la conferencia “Social workers working in the conflict and war zones in Europe”. Concluyó, como puntos de consenso, que el acompañamiento a víctimas y el enfoque psicosocial y psicoeducativo, son claves en el trabajo social humanitario.

Desde América Latina vemos que Colombia, Centroamérica, México y naciones del Caribe no son ajenas a los conflictos armados internos y no tradicionales. Al respecto, la reciente edición de la Revista del Comité Internacional de la Cruz Roja, CICR (Muggah, 2023: 569-574) centró su atención en los conflictos no tradicionales con participación de actores armados no estatales, como el crimen organizado, que provocan impactos humanitarios análogos a la guerra. El CICR interviene en ellos y los nombra “Otras Situaciones de Violencia” (Vega Báez y Rivera, 2016: 9).

Hoy toca exponer el fundamento histórico de la cuestión. En este artículo intentaremos responder a las siguientes interrogantes para los casos de México y la francofonía europea: ¿Cuándo se registraron las primeras intervenciones del trabajo social en contextos de guerra en Francia, Bélgica y México? ¿Qué papel tuvo la red de trabajadoras sociales en la Segunda Guerra mundial?

Durante la guerra para el trabajo social y el personal de las agencias humanitarias, cada escenario de conflicto implica distintos niveles de acción y un modelo u otro de intervención; pero es conveniente recuperar la documentación histórica de las intervenciones significativas en la región latinoamericana; la metodología comparada es relevante para la sistematización histórica, en la ubicación de los modelos de largo alcance en la intervención y reivindicación de derechos.

2. Despertar del trabajo social ante la Gran Guerra y barbarie en pleno siglo XXI

Es obvio señalar que América Latina estuvo al margen de jugar un rol relevante en cuestiones de asistencia social durante este conflicto, excepto por la recepción de población refugiada, considerada como migración forzada, pero aún sin profesiones sociales que les atendieran.

En cambio, Francia y Bélgica, dos países afectados, experimentaron graves estragos humanitarios durante la cruenta Primera Guerra mundial (1914-1918). El saldo global de bajas humanas fue inusitado: un promedio de 200 mil por mes, con un cálculo de entre 9 y 10 millones de fallecidos (Rodrigo, 2014: 30). Disputa de territorios metro a metro, en una guerra de trincheras que golpeó a civiles.

“Durante la guerra para el trabajo social y el personal de las agencias humanitarias, cada escenario de conflicto implica distintos niveles de acción y un modelo u otro de intervención”

2.1 Francia

En Francia fueron contadas las visitadoras sociales o asistentes de servicio social, como se les llamaba entonces, que participaron de forma directa en la también llamada “Gran Guerra”. Antes de 1914 sólo se habían creado 3 escuelas de servicio social en todo el país, y ese mismo año se acababa de instalar el servicio social en un hospital de París, bajo conducción de Josephine Getting Rostchild, pionera del trabajo social humanitario y mártir por la misma causa.

Fue a esta activista francesa y filántropa, de familia judía no practicante, a quien los médicos de la Sociedad Francesa de Pediatría solicitaron adaptar el modelo norteamericano de trabajo social médico del Hospital General de Boston. Logró la primera contratación en el Hospital Infantil de París, en marzo de 1914 (Vaha, s/f).

Pero el estallido de la Primera Guerra mundial interrumpió el experimento social en hospitales generales, y lo abrió en los servicios de urgencias. De modo que, comprometida con el servicio social sanitario, Josephine Getting se involucró en el conflicto armado al apoyar los servicios de las ambulancias norteamericanas de urgencias, cerca del Hospital Americano de París, y los servicios de reubicación o reasentamiento de familias afectadas por las hostilidades.

En paralelo, cuando los Estados Unidos declararon la guerra en apoyo de sus Aliados, en abril de 1917, distintas agencias humanitarias, incluyendo a la Cruz Roja Americana, incrementaron su apoyo en Francia y Bélgica. Así fue como una joven trabajadora social norteamericana, Chloe Owings, cercana a la pionera Jane Addams, llegó a París y se involucró en distintas iniciativas de asistencia con la Cruz Roja y en campañas en favor de asociaciones pro-lisiados de guerra y heridos, pero también de refugiados e infancias huérfanas (Owings, c.1961: 106).

Al concluir la Gran Guerra, Owings permaneció en Francia trabajando para el Hospital Americano con el modelo de social work de la Cruz Roja Norteamericana. Luego se comprometió con el trabajo social en Tribunales de menores de edad y, simultáneamente, impartía clases de estudio de caso (case work) en la Escuela Práctica de Servicio Social de París (EPSS, vid infra), labor académica que combinó a lo largo de su vida con la acción profesional, y que la llevó a México en los años 50, siendo condecorada en Francia por méritos humanitarios (Bouquet, 2019).

Coincidentemente, se amplió la inclusión de trabajadoras sociales en hospitales franceses, gracias al apoyo de la Cruz Roja Norteamericana y a la continuación de la labor iniciada por Josephine Getting, quien apoyó la introducción en Francia de nuevas metodologías del trabajo social norteamericano en el sector sanitario.

2.2 Bélgica

Del lado de Bélgica, las primeras ocho escuelas de Servicio Social surgieron de forma intensiva entre 1920 y 1922, tanto para la región lingüística francesa como para la neerlandesa-flamenca (Zelis, 2000: 58). En consecuencia, se podría concluir que no hubo una intervención de la profesión en la Gran Guerra. Sin embargo, esa afirmación es parcialmente verdadera, ya que, como en el caso de Francia con Josephine Getting, en Bélgica también se registraron acciones sociales humanitarias frente a la crisis armada.

Distintas investigaciones históricas han referido que la labor humanitaria del médico René Sand, durante la Primera Guerra mundial, fue un catalizador que permitió vincular a la medicina social, la medicina de urgencias y la medicina legal belgas con el trabajo social inglés y norteamericano, a través de la Asociación Belga de Medicina Social y el movimiento de la Cruz Roja que lo empleó (Eilers, 2008: 142), y de cuya Liga de Sociedades llegó a ser secretario general en 1921.

René Sand, conocido más tarde en América Latina por su papel promotor en la fundación de la pionera Escuela de Servicio Social de Santiago de Chile, en 1925, fue un médico de la Universidad Libre de Bruselas que mantuvo un interés juvenil en los problemas sociales de los obreros industriales. Al inicio del conflicto fue contratado por la Cruz Roja de Bélgica para atender una clínica comunitaria.

Luego pasó a un hospital militar del Ejército belga, reubicado en Londres, donde tomó contacto con la COS Británica (Charity Organization Society o Sociedad de Organización de la Caridad). Ahí conoció la importante labor de los visitadores de hogares (friendly visitors) y ponderó su múltiple apoyo a la asistencia social.

Tal fue su interés que, al concluir el conflicto en 1919, pudo viajar a los Estados Unidos donde conoció distintos modelos de medicina laboral y de trabajo social norteamericano, incluyendo los Settlement Houses, análogos al modelo de Centre Social para obreros de la francofonía. También tejió una alianza con la Cruz Roja Norteamericana para reconstruir la Cruz Roja Belga con métodos de acción social innovadores, lo que, a la postre le permitió involucrarse en la creación de la Escuela Central de Servicio Social de Bruselas (1920), no confesional.

En esos mismos años redactó sus primeras obras compilatorias, “La caridad de ayer y la caridad de mañana”, ´publicada en 1919; “Organización industrial, medicina social y educación cívica en Inglaterra y los Estados Unidos”, de 1920; y, en 1926, la traducción al francés de “Los nuevos métodos de asistencia. El servicio social de casos individuales”, de Mary Richmond.

El Doctor Sand logró hacer una transición teórica y práctica entre los servicios sociales vinculados con la atención a las causas económicas de la pobreza de la primera década del siglo XX y aquellos servicios sociales requeridos en el área de la medicina social y la intervención humanitaria con población afectada por la Gran Guerra, característicos de la segunda década del mismo siglo.

En los siguientes años se ocupó de tender puentes entre el trabajo social norteamericano y el de Europa occidental y oriental, constituyéndose en uno de los principales promotores internacionales de la nueva profesión, coronando su esfuerzo como co-convocante al Primer Congreso Internacional de Servicio Social, realizado en París, en 1928, que marcó la agenda social europea de los años 30.

¿Qué otros factores detonaron el rápido desarrollo del trabajo social en Bélgica? Su legislación en materia de asistencia, de 1925, favorecía la creación de instituciones para grupos de edad y sociales específicos, sin una mentalidad de encierro, sino un régimen de libertad, tanto en los asilos de personas adultas mayores como en albergues infantiles, que favorecían su permanencia o inserción laboral. Y, en el caso de los niños y niñas sin padres, se alentaba la custodia temporal o adopción en familias, acompañadas por asistentes de servicio social.

“Distintas investigaciones históricas han referido que la labor humanitaria del médico René Sand, durante la Primera Guerra mundial, fue un catalizador que permitió vincular a la medicina social, la medicina de urgencias y la medicina legal belgas con el trabajo social inglés y norteamericano”

El sistema asistencial descentralizado de Bélgica funcionaba, apoyado en un tejido asociativo dinámico. Así quedó demostrado a finales de los años 30, ante una nueva crisis humanitaria en las puertas de Europa: la llegada de miles de niños y niñas españoles refugiados de la Guerra Civil, que fueron recibidos en albergues de transición y, tras estudios sociales, fueron acogidos en hogares belgas con distintos perfiles: familias de obreros socialistas, de padres cristianos y librepensadoras. De esta experiencia exitosa nos ocupamos en otros trabajos derivados del proyecto de investigación, y por ahora privilegiaremos los casos de México y Francia.

2.3. Chile

Después de la Primera Guerra mundial, la escritora chilena Gabriela Mistral tuvo la oportunidad de promover los derechos del niño y la niña en el horizonte iberoamericano, incluyendo a las infancias huérfanas, desplazadas y refugiadas por la guerra, a lo largo de una serie de proyectos en los que participó o encabezó, entre 1922 y 1948.

Se trató de una serie de iniciativas de igualación y protección social, incluso en contextos de conflicto y exilio, en las que ella consideraba que las llamadas “visitadoras sociales”, como ella las describía, debían tener un papel relevante en favor de la niñez (Mistral, 1928).

Contratada por la Secretaría de Educación Pública de México (SEP), fungió como reformadora educativa y promotora sociocultural, entre 1922 y 1924. Desde esa tribuna, en conjunto con el ministro de Educación, José Vasconcelos, impulsó políticas educativas, sociales y culturales igualitarias en favor de la población indígena y campesina, especialmente dedicadas a mujeres y niños. En esa misión plasmó su experiencia personal como niña pobre excluida del sistema educativo chileno y su carisma como maestra rural de niñas y personas adultas. Sin olvidar que la SEP mexicana contaba con trabajadoras sociales educativas habilitadas, es decir, aún empíricas.

En los siguientes años se destacó como articulista, oradora y funcionaria internacional, contratada por organismos culturales vinculados a la Liga de Naciones, de la que Chile era miembro fundador. En 1928 publicó su célebre artículo sobre “Los derechos del niño”, firmado en París (Mistral, 1928).

Derecho del niño sudamericano a nacer bajo las legislaciones decorosas, que no hagan pesar sobre él durante toda su vida la culpa de sus padres, sino bajo códigos o profundamente cristianos o sencillamente sensatos, como los de Suecia, Noruega y Dinamarca, en que el Estado acepta al hijo de la madre desgraciada […]

En la década de 1930, en funciones como diplomática en Italia, España y Portugal, en tiempos del fascismo italiano y de la Guerra Civil española, que estalló en 1936, ayudó a gestionar el asilo chileno a docentes y artistas españoles que huían del conflicto por fronteras y puertos portugueses. Empresa de la que se beneficiaron mujeres intelectuales como Maruja Mallo y Teresa Diez-Canedo; y hombres como Bergamín, Imaz, Tomás Navarro y Dámaso Alonso. Éste último confesó: “Le debo la vida a Gabriela Mistral.” (Vargas Saavedra, 2002: 245).

Mistral advirtió a su amiga escritora argentina, Victoria Ocampo, que de concretarse una derrota militar de la República española existía el riesgo de una la ola fascista que se extendiera de la península ibérica hacia las élites intelectuales de América Latina, como lo advirtió el Congreso de los PEN Clubs mundiales de París, de escritores comprometidos con causas sociales, y al que acudió la chilena. Urgió a su amiga a estar atenta a posibles acciones de vigilancia y campañas de persecución contra ellas (Mistral, 1937: 57), por lo que sus cartas desde Europa fueron crípticas.

Frente al impacto humanitario de la Guerra Civil española en las infancias, hizo un llamamiento a las mujeres de la “América Española”, para actuar como “madrinas” y atreverse a adoptar niños españoles huérfanos del conflicto: “Sería una vergüenza para nosotras, americanas, si hay niños con hambre y niños desnudos en la España de los dos años de guerra.” (Mistral, 1938).

Desde Lisboa, también logró concretar su compromiso con los derechos de los niños vascos huérfanos por la Guerra Civil, acogidos en la Residencia de Pedralbes en Barcelona, a quienes dedicó el total de ingresos por ventas de su tercer poemario Tala, con una edición argentina “por los niños españoles”, encargada a su amiga Ocampo, directora de Sur.

Pero su compromiso con las infancias no se detuvo en los años 30. En la siguiente década fue convocada a “universalizar” el Llamado por los niños españoles. Al término de la Segunda Guerra mundial y después de la obtención del premio Nobel de Literatura, en 1945, y frente al desastre de millones de ciudadanos desplazados y refugiados a causa de la guerra redactó el primer Llamado por el niño, para echar a andar el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).

Este es un día de unidad y además de reconciliación de todos nosotros en el Niño. […]

Muchas de las cosas que hemos menester tienen espera: el Niño, no. Él está haciendo ahora mismo sus huesos, criando su sangre y ensayando sus sentidos. A él no se le puede responder: “Mañana”. Él se llama “AHORA”, “EN SEGUIDA”.

Estamos enfermos de muchos errores y de tantas culpas; pero nuestro peor delito se llama Abandono de la infancia, Descuido de la fuente. [sic] […]

Las Naciones Unidas son más que una asamblea y una hechura política: ellas son la yema de una conciencia universal. Y lo mejor de sus creaciones y de su inspiración tal vez sea este “Llamado por el Niño”, que es también el desagravio a la madre en falencia.

Mistral aprovechó su posición de influencia para pedir a los Estados Unidos menos armas y más inversión social en escuelas y docentes para las comunidades indígenas y rurales latinoamericanas.

3. La experiencia de la Segunda Guerra mundial

Enfrentar dos invasiones armadas alemanas en menos de 25 años no fue cosa sencilla para los pueblos de Francia y Bélgica. Una de las diferencias notables entre la Primera y la Segunda Guerra mundial (1939-1945), además del tipo de armamento y estrategia de combate, fue la existencia de nuevas profesiones. En la segunda conflagración mundial Francia ya contaba con 41 escuelas de servicio social y Bélgica con al menos 8 (pero el caso belga se expondrá en otro artículo).

En el escenario europeo el conflicto armado internacional se desarrollaba en serio: invasiones, bombardeos, enfrentamientos y el establecimiento de nutridos campos de concentración; pero también de campos de exterminio en territorio de Alemania y Polonia.

3.1 México

Luego de dos años de combates europeos, en octubre de 1941 Josefina Lizarriturri, trabajadora social mexicana escribió que la guerra era una de las “enfermedades sociales” o “patologías sociales” que afectaban a las sociedades.

Su artículo era un adelanto del involucramiento de México en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En respuesta al hundimiento de varios barcos petroleros de bandera mexicana, el Estado mexicano declaró la guerra a las potencias nazi-fascistas, en mayo de 1942, con apoyo norteamericano.

Aunque no ocurrieron enfrentamientos bélicos en suelo mexicano, el estado de guerra declarado por el Congreso federal implicó el racionamiento de los alimentos, la organización de simulacros de bombardeos en grandes ciudades con apagones nocturnos y la activación del servicio militar y la conscripción obligatoria.

Por presión de los servicios de inteligencia norteamericanos la Secretaría de Gobernación de México se vio obligada a detener a ciudadanos alemanes y japoneses que vivían en el país, para prevenir la proliferación de espías o saboteadores que pudieran emigrar y atentar en territorio norteamericano.

Los detenidos fueron enviados a campos de concentración preventivos, creados exprofeso: el primero, ubicado en el frío municipio serrano de Perote, Veracruz, fue destinado a ciudadanos alemanes. Mientras que el segundo, para familias e individuos japoneses, se instaló en la región semitropical de Morelos, específicamente en la antigua hacienda azucarera de Temixco, a dos horas de la Ciudad de México.

“La Secretaría de la Asistencia Pública, de la que dependían los primeros contingentes de trabajadoras sociales formadas a partir de la pionera Escuela de Economía Doméstica, fundada en 1933, generó una agenda social para hacer frente a la emergencia internacional.”

Y en medidas activas que implicaron a mexicanos, se envió un contingente de aviones de combate conocido como el Escuadrón 201, medida que el gobierno del general Ávila Camacho aprovechó para organizar una Fuerza Aérea Mexicana.

Pero la acción política de mayor impacto social en la población fue el envío de miles de campesinos a campos de cultivos en los Estados Unidos, los llamados “braceros mexicanos” que fueron movilizados en la etapa del conflicto y del posconflicto, a partir de 1942 y hasta 1964, con un total de 4 millones 600 mil personas documentadas con contrato legal durante la vigencia del programa (Uribe, et al, 2013: 26). Cifra relativa, ya que un sujeto pudo tener varios contratos.

Se le denominó, precisamente, como el Programa Bracero, un plan negociado de exportación de fuerza de trabajo “temporal” mexicana de las regiones del centro y norte del país, para sustituir a la mano de obra masculina norteamericana enviada el frente de batalla, y de la femenina empleada en la industria de suministros de guerra, en apoyo a la principal potencia militar de los Aliados.

Se trataba de la segunda experiencia de políticas de atracción de migrantes trabajadores rurales a la Unión Americana en tiempos de guerra. Durante la Primera Guerra mundial, entre 1917 y 1918, aquella nación recibió a más de 60 mil trabajadores migrantes mexicanos: 36 mil inmigrantes documentados, y a por lo menos 25 mil no documentados; empleados en el campo, y en la construcción de líneas férreas (Durand, 2007).

En paralelo, la Secretaría de la Asistencia Pública, de la que dependían los primeros contingentes de trabajadoras sociales formadas a partir de la pionera Escuela de Economía Doméstica, fundada en 1933, generó una agenda social para hacer frente a la emergencia internacional.

En primer lugar, propuso organizar una suerte de comité técnico interdisciplinario. Llamó a efectuar reuniones de “un órgano oficial integrado por elementos especializados (economistas, médicos, trabajadoras sociales, ingenieros, etc.) que estudie los programas que toque desarrollar a la propia Secretaría, durante la guerra y la postguerra” (Asistencia Social, 1943: 91).

Entre las recomendaciones generadas, se incluía: aumentar el número de bancos de sangre, asegurar la asistencia social a las familias de los militares mexicanos combatientes y la elevación del patriotismo entre la población mediante campañas para enaltecer los símbolos patrios: la bandera y el himno nacional.

Adicionalmente, se planteó la necesidad de generar una campaña de elevación moral de la población rural enviada a trabajar a los campos de los Estados Unidos, con el fin de que no dejaran de enviar remesas a sus familiares en México.

Una vez firmados los armisticios que confirmaban la derrota japonesa en 1945, posterior a la caída de Berlín, los flujos de trabajadores migrantes no se detuvieron. Esa situación representó una oportunidad de intervención social para trabajadores sociales en favor de la protección, la salud y la educación de los braceros. Pero la iniciativa se originó en los servicios sociales del lado de los Estados Unidos, no desde México.

A fines de los años 40, fueron trabajadores sociales norteamericanos quienes apoyaron en la implementación de las leyes contra el trabajo y la explotación infantil, apoyando la inclusión de los hijos de migrantes y trabajadores adolescentes, en los programas educativos regulares.

Y una década más tarde organizaban campañas para el acceso a la salud a la que tenían derecho los trabajadores documentados. De esta manera, el terreno estaba preparado para que, al cerrarse el Programa Bracero, en 1964 algunos colectivos de trabajadores sociales dieran su apoyo al Movimiento por los Derechos Civiles y Laborales de los trabajadores agrícolas mexicanos, como el grupo liderado por César Chávez, célebre sindicalista rural chicano, paralelo al movimiento por la igualdad racial de M. Luther King, y al pacifismo contra la Guerra de Vietnam.

“A fines de los años 40, fueron trabajadores sociales norteamericanos quienes apoyaron en la implementación de las leyes contra el trabajo y la explotación infantil, apoyando la inclusión de los hijos de migrantes y trabajadores adolescentes, en los programas educativos regulares.”

Finalmente, no podemos dejar de mencionar el aporte humanitario que generó la diplomacia mexicana al concretar el refugio de más de 16 mil refugiados españoles por la Guerra Civil española que concluyó en 1939 con la derrota del gobierno de la República.

El primer embarque trasatlántico de casi 500 niños refugiados españoles, de junio de 1937, contó con el apoyo y acompañamiento inicial por parte del primer contingente de “señoritas trabajadoras sociales” de la Beneficencia Pública mexicana. Sin embargo, su intervención no se visualizó para el mediano y largo plazo, en parte por la falta de disponibilidad de egresadas capacitadas, por lo que el esquema de albergue, educación, socialización e inclusión en la sociedad mexicana no partió de un diagnóstico amplio, ni de un plan de acción integral, por lo que prevaleció el modelo magisterial.

Así como en Chile se destacó el papel de Gabriela Mistral y de Pablo Neruda en la acogida a grupos de personas exiliadas o trasterradas españolas, en el caso de México el diplomático Gilberto Bosques se destacó por la capacidad para acoger, proteger y lograr enviar a puertos mexicanos embarcaciones completas de españoles, pero también de judíos perseguidos por el régimen nazi, labor que lo llevó a ser privado de su libertad por régimen alemán. Bosques es considerado actualmente como un héroe humanitario, a quien se le conoce como el “Schlinder” mexicano.

La labor humanitaria de Bosques fue continuada y profundizada, inclusive en los mismos espacios físicos de refugio, por parte de trabajadoras sociales francesas.

3.2 Francia

En Francia, el recién formado gremio de trabajadoras sociales, todavía conocidas como servidoras sociales o asistentes del servicio social, comenzó a jugar un papel crítico.

El estallido armado inició en septiembre de 1939. Ocho meses más tarde ocurrió el asedio alemán sobre la ciudad de París, tomada en junio 1940. En mayo de ese año, al mismo tiempo que el reino de Bélgica se rendía ante los tanques alemanes, el ejército nazi ocupó sorpresivamente las amplias instalaciones de un Centro Social de asistencia privada, a las afueras de París, en Damaris-les-Lys.

El equipo de mujeres asistentes sociales encargadas no fue apresado. Ellas fueron relegadas a unas bodegas anexas, en donde padecieron controles y limitación de suministros. La líder del Centro Social denominado “Croix-Saint Jacques”, intentó negociar para mantener abiertos algunos servicios de asistencia para las familias y las infancias afectadas por la invasión militar. Lo logró hacer al articularse con la Campaña de Invierno del Socorro Nacional o Secours National, que la contrató.

Delbrel y la red de asistentes del servicio social ayudaron a la evacuación de civiles desde la terminal del tren de Austerlitz y brindaron apoyo social a familiares de deportados, prisioneros y a refugiados, contando con el soporte moral de su Escuela de Servicio Social.

Su nombre era Marthe Marie Jacquemont (Vaha, s/f), una egresada de la Escuela Práctica de Servicio Social de París (EPSS), quien años más tarde fue pieza clave en la fundación en México de la Escuela de Trabajo Social Vasco de Quiroga, junto a sus trabajadoras sociales-religiosas, las Hermanas Dominicas del Verbo Encarnado.

A través de su Centre Social, aplicaban un modelo de intervención del trabajo social colectivo, ideado a finales del siglo XIX para atender a trabajadores y sus familias; experiencia importada por los Estados Unidos: las Settlement Houses.

En paralelo, otras exalumnas de la EPSS trabajaban en la evacuación de población civil. Tal fue el caso de Madeleine Delbrêl, mujer protectora de mujeres, niñas y niños, conocida por su fuerte espiritualidad social y su capacidad de diálogo y cooperación con activistas de distintas ideologías, incluyendo a los comunistas de la municipalidad de Ivry. Sin distinción de credos o ideologías, “Delbrel y la red de asistentes del servicio social ayudaron a la evacuación de civiles desde la terminal del tren de Austerlitz y brindaron apoyo social a familiares de deportados, prisioneros y a refugiados, contando con el soporte moral de su Escuela de Servicio Social.

¿Quién era la comprometida profesora, directora de la EPSS y militante social? Hablamos de la maestra Isabelle Crémer, directora de la École Pratique de Service Social desde 1926, o Escuela de Servicio Social de la calle Montparnasse, creada por el pastor protestante Paul Doumergue y que desde mediados de los años 20 combinaba la formación de alumnas en métodos del Trabajo Social de Caso (case work), siguiendo a Mary Richmond, con los métodos de Trabajo Social Colectivo de la escuela social inglesa y francesa para la atención de población trabajadora.

Como en el caso de la célebre niña judía, Ana Frank, escondida en Amsterdam, Países Bajos, Isabel Crémer, se enfrentó en Francia a la urgencia de proteger a sus estudiantes de origen judío, amenazadas de ser deportadas a campos de exterminio. La directora de la EPSS tuvo la osadía de conseguir documentos falsos y ocultar la identidad de sus estudiantes judías, facilitando su huida.

(Annette Monod)… desde la Cruz Roja colaboró en tareas humanitarias en favor de los deportados, y mantuvo contacto con Paule Marcelle Bidault…, trabajadora social de la Coordinadora de las Obras Sociales de la Resistencia francesa (COSOR).

En paralelo a la heroicidad de su directora, otra egresada de la EPSS, Annette Monod, hija de un pastor cuáquero, tuvo la capacidad para mantener comunicación directa con prisioneros de guerra franceses en el campo de concentración de Drancy, al noreste de París, considerado como la antesala de la muerte, por ser la estación previa al envío a campos de exterminio como Auschwitz.

Monod lo pudo lograr desde el puesto que ocupó a partir de 1940 en la sección francesa de la Cruz Roja Internacional. En esa benemérita asociación se integró a las brigadas de emergencia para contactar a refugiados, prisioneros de guerra y sus familias, como en la campaña de 1942 para asistir a 13 mil detenidos en el Velódromo de Invierno en Paris.

También desde la Cruz Roja colaboró en tareas humanitarias en favor de los deportados, y mantuvo contacto con Paule Marcelle Bidault (de pseudónimo clandestino “Agnes”), trabajadora social de la Coordinadora de las Obras Sociales de la Resistencia francesa (COSOR), quien asistía al sacerdote jesuita Pierre Chaillet, detenido por la policía secreta de los nazis, la Gestapo.

En las últimas horas del gobierno nazi sobre París, con el apoyo de un grupo de voluntarios de la Sociedad de Amigos (Quakers), lograron concretar la liberación de prisioneros del campo de concentración de Drancy y de otras prisiones.

Lo hizo gracias a las negociaciones diplomáticas del cónsul sueco, Raoul Nordling, con la comandancia nazi del campo de concentración de Drancy, y a cambio de la huida del mismo comandante alemán, quien no alcanzó a recibir la orden de fusilamiento o de deportación de los prisioneros.

Fue un curso de acción urgente, oportuno, estratégico y, a su vez, ético; de proceder y consecuencias heroicas, porque puso en riesgo su libertad y su vida, y como resultado pudo salvar vidas humanas. En consideración de lo anterior, años más tarde Annette Monod fue condecorada como heroína, y llamada para la posteridad “el ángel de Drancy”. Inclusive el evento fue narrado en libros y en un largometraje.

Por su parte, después de la guerra Marcelle Bidault, quien durante el conflicto también animó una colonia de hijos de resistentes con la COSOR, fue encargada por el mismísimo general Charles de Gaulle para recibir a los deportados en el Hotel Lutetia, en 1945, con apoyo de sus colegas Sabine Zlatin y Denise Mantoux.

Entre las egresadas de la EPSS, se sabe que otras asistentes sociales participaron en la resistencia francesa, en el llamado Movimiento de Liberación Nacional, ejerciendo el antiguo derecho de resistencia contra la guerra injusta, que justifica el uso de la vía armada. Se trató de Marcelle Trillat y Denise Grunewald, luchadoras sociales que, además de valor, aportaron su capacidad de animación de grupos.

En septiembre de 1943 Josephine Getting fue trasladada de Drancy al campo de Auschwitz, en donde murió gaseada, a los 66 años

Ésta última, formaba parte del movimiento Testimonio Cristiano que había llamado a la resistencia moral y material contra la ocupación. Década y media después de la guerra, fue electa presidenta del gremio en Francia, cuando el nuevo organismo de trabajadoras sociales, ANASDE, debatía su papel ante la guerra de Argelia.

Finalmente, hemos registrado al menos una muerte trágica en la comunidad de servicio social francesa. Se trató de Josephine Getting, la experimentada activista judía de la que hablamos en la Primera Gran Guerra. Según su biógrafa (Vaha, s/f):

“Cuando comenzó la persecución racial, justificada por las leyes de emergencia contra los judíos, sus amigos le aconsejaron que fuera cautelosa. También acababa de ser expulsada de la Asistencia Pública, como la mayoría del personal de la fe judía, pero se negó a reducir sus actividades y abandonar la región parisina. Se puso al servicio de la Cruz Roja Francesa; coordinó la labor casi imposible de los trabajadores sociales en los campos de Pithiviers y Beaune-la-Rolande, en la región de Loiret. […] Luego se dirigió a la sede de la Unión General de Israelitas de Francia [UGIF…] ese mismo año [1943] fue detenida el 30 de julio, en la sede de la UGIF, en la Calle de la Bienfaisance [Caridad], por una redada de la Gestapo”.

En septiembre de 1943 Josephine Getting fue trasladada de Drancy al campo de Auschwitz, en donde murió gaseada, a los 66 años.

De este modo, el servicio social francés se quedó sin su aliada, pero con su legado histórico: la práctica del trabajo social humanitario en la guerra y una profesión reconocida por el Estado.

4. Fase de posconflicto: fisonomía francesa del trabajo social

Como se puede observar, las experiencias descritas dieron al trabajo social francés de la 2ª Guerra tres fuertes acentos: la vinculación con las teorías de la resistencia civil, de la conformación y emergencia de movimientos sociales, y con la perspectiva humanitaria vinculada con la protección de la población civil no combatiente y de los prisioneros de guerra en el entorno del conflicto armado de carácter internacional.

En el caso de Francia y Bélgica se constató la disposición para adaptar los modelos metodológicos en boga hasta los años 20 y 30: a saber, el Trabajo Social colectivo generado desde principios del siglo XX en Francia; y el Trabajo Social de casos, de origen norteamericano, en respuesta a cada contexto emergente y al análisis de coyuntura.

Es a la citada Madeleine Delbrel, en su faceta de ensayista prolífica, a quien se debe el concepto “fisonomía francesa del trabajo social” en el artículo “Servicio social en la realidad viva” (Delbrel, 1938). La expresión concentra un modelo disciplinar que realiza un vínculo inextricable entre la dimensión ética y deontológica de la profesión, con el pragmatismo característico de las egresadas de la EPSS, para responder eficazmente a las necesidades, con respeto a la dignidad de los sujetos.

Como colofón, podemos recordar que tres meses después de la liberación de París, las trabajadoras sociales tituladas por el Estado fundaron una asociación gremial que aspiraba a la unidad, la Asociación Nacional de Asistentes del Servicio Social Diplomadas de Estado (ANASDE, actual ANAS), en diciembre de 1944. El nuevo movimiento gremial aspiraba a superar la polarización que la guerra provocó en el gremio francés, entre militantes de la resistencia armada, que arriesgaron su vida de forma radical; y quienes de forma moderada e institucional actuaban vía el Secours national. La reconstrucción de Europa favoreció y logró la cohesión gremial.

De forma audaz, la ANASDE eligió primera presidenta a Ruth Libermann, una trabajadora social egresada de la Escuela Normal Social de París, de origen judío pero militante católica en la tercera orden dominicana (Pascal, 2019). No fue fácil la conciliación entre ideologías enfrentadas y entre identidades religiosas. Pero al final, se impuso la voluntad “no confesional” de la mayoría, por encima de las corporaciones externas: iglesias, partidos, escuelas e, incluso, del Estado.

“ …tres meses después de la liberación de París, las trabajadoras sociales tituladas por el Estado fundaron una asociación gremial que aspiraba a la unidad, la Asociación Nacional de Asistentes del Servicio Social Diplomadas de Estado (ANASDE, actual ANAS), en diciembre de 1944.”

5. Conclusiones

    1. Se ha avanzado en la revisión de los antecedentes históricos del trabajo social humanitario en los conflictos armados, en la primera mitad del siglo XX, en los casos de México, Chile, Francia y Bélgica con el apoyo de archivos documentales y publicaciones históricas del periodo. No obstante, queda pendiente completar la narrativa para la segunda mitad del siglo XX y el análisis de otros casos pertinentes.
    2. Se constata la intervención de las redes de trabajadoras sociales en labores humanitarias desde la Primera Guerra mundial en Europa y en México (a partir de la llegada de refugiados de la Guerra Civil española) así como la relevancia de la corriente franco-belga del servicio social, presente en Chile desde sus orígenes, y su paralelismo con México.
    3. Se confirma una evolución en el trabajo social humanitario de un enfoque asistencial-individual y reactivo a uno más estratégico y planificado en el trabajo social, evidente al comparar las prácticas durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Se destaca para este último caso el enfoque en la seguridad de los grupos afectados y la prevención ante riesgos de detención, discriminación y deportación.
    4. Se identifican los indicadores de la intervención humanitaria en la Segunda Guerra mundial en Francia y en la Guerra Civil española por parte de México como: a) La priorización de necesidades emergentes de la población, b) segmentación de colectivos de acuerdo a sus necesidades específicas, y c) Planificación de la intervención mexicana frente a la segunda Guerra y en la segunda posguerra en Francia con apoyo de la ANADE para la fase de activa de la guerra (contención) y el pos-conflicto (reconstrucción), d) Quedó pendiente en la primera mitad del siglo XX, implementar programas de cuidado para el personal, incluyendo a trabajo social”.

6. Referencias

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  • Asistencia Social. Revista de la Secretaría de Asistencia Pública, mayo de 1943.
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Recurso multimedia

Avance de la película “La redada” compartido por el autor.

https://www.youtube.com/watch?v=I-2-vRmUatY

Como citar:

Vega Báez, J. A. (2023). Trabajo social humanitario en la guerra: Antecedentes históricos de la Primera y Segunda Guerra Mundial. Revista Nueva Acción Crítica, 16, 4-23. [Enlace URL: https://celats.org/revista-nueva-accion-critica-n-16/trabajo-social-humanitario-en-la-guerra/]

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